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Día de Muertos: más allá de una tradición

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Abdiel Misael López Rivera

El 2 de noviembre se celebra el día de los fieles difuntos, pero en México, más allá de ser una tradición arraigada en el seno de cada familia, también nos hace recordar a todos aquellos activistas sociales, periodistas y políticos que han luchado por un México mejor, un México sin distinción de clases, sin protegidos, en donde la ley sí sea una herramienta para proteger al débil y al desprotegido, y no sea usada en contra.

En el Movimiento Antorchista hemos denunciado públicamente que el país está sufriendo cambios, pero no hacia la mejoría, sino todo lo contrario. Y esto no es nuevo; no ha pasado solo con el partido hegemónico, el cual es Morena, sino también pasó con el PRI y con el PAN. A lo largo de nuestra historia hemos visto a compañeros caer en el cumplimiento de su deber, hoy recordados como los mártires antorchistas: Manuel Hernández Pasión es el más claro ejemplo, un compañero que dedicó gran parte de su vida al cambio y mejoría de sus semejantes en Huitzilan de Serdán, y a quien asesinaron cobardemente en octubre de 2017.

En México, la persecución política y la violencia contra la prensa convergen en un entorno de alto riesgo documentado por organismos internacionales: de acuerdo con Reporteros Sin Fronteras (RSF) y el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), el país se sitúa de forma persistente a la cabeza global en asesinatos de comunicadores fuera de zonas de guerra declarada, alcanzando niveles de impunidad superiores al 90% según monitoreos de Artículo 19. Esta vulnerabilidad no proviene únicamente del crimen organizado; Artículo 19 revela que cerca del 40% al 50% de las agresiones y amenazas contra periodistas son perpetradas directamente por autoridades y servidores públicos en los distintos niveles de gobierno. A su vez, el Mecanismo de Protección de la Secretaría de Gobernación (SEGOB) y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) han registrado cientos de solicitudes de resguardo por persecución, hostigamiento institucional y acoso judicial, mientras que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha advertido que el uso del discurso oficial para estigmatizar a comunicadores independientes —sumado a la retención discrecional de publicidad estatal como castigo financiero— intensifica la autocensura y consolida una persecución política sistemática que debilita el ejercicio del periodismo en todo el territorio nacional. Llegados a este punto, nos estaremos preguntando si esto sucede con todos los periodistas, y la respuesta es no: la mayor parte de estas persecuciones van dirigidas hacia aquellos que no están en la misma línea política hegemónica.

En cuanto a la persecución política, de acuerdo con V-Dem y The Economist, México ha retrocedido en salud democrática al ser clasificado como “régimen híbrido” debido al acoso institucional y a la erosión de contrapesos, lo cual ocurre ante la ausencia de una oposición efectiva frente al hegemon político de Morena. Debemos recordar que actualmente este gobierno cuenta con el control del aparato jurídico y judicial del Estado. Las cifras continúan: monitoreos de Artículo 19 confirman que casi el 50% de las agresiones provienen directamente de servidores públicos, evidenciando el uso de las instituciones de justicia para presionar a opositores. Así, la persecución política en el país no opera mediante encarcelamientos masivos, sino a través del hostigamiento judicial, la asfixia económica y la estigmatización desde las tribunas oficiales.

Karl Marx y Gramsci ya lo mencionaban: el Estado usa todos los aparatos que tiene a su disposición para eliminar, coaccionar y derogar cualquier contrapeso que se oponga a su mandato, tales como el aparato ideológico (escuelas y medios de comunicación afines) y el monopolio de la fuerza (policías, fuerzas armadas, etcétera).

México sangra, y la única forma que tenemos para luchar aquellos que solo poseen su propia fuerza de trabajo es organizarnos, estudiar, formar una vanguardia y concluir con la formación de un partido que verdaderamente englobe el deseo de cambiar el país y transformarlo en algo mejor. El Ing. Aquiles Córdova Morán lo mencionó alguna vez: “Yo sueño con un mundo de luces solamente, en que el hombre trabaje y viva sin llorar; donde el alma se expanda y vibre tiernamente como el ave que canta, como el cielo y el mar. Donde todos los seres tengan pan y vestido; donde todos los niños tengan aula y hogar; donde el alma se eleve como el águila al nido y el espíritu humano pueda libre cantar”. Esto, lejos de ser un sueño utópico, ya ha generado avances reales. 

Desde la creación del Movimiento Antorchista Nacional en el 74, se ha sabido que para lograr un cambio real se debe luchar, trabajar y desarrollar cada frente, como la educación, el sector obrero, el campesinado, los comunicólogos, los periodistas y el arte. Antorcha nació para lograr aquello que ningún otro partido se ha planteado; aunque parezca un sueño, el antorchismo camina lento pero seguro hacia la meta propuesta. Culmino este artículo con una frase de un gran luchador social que representa en cierto sentido la moral de los antorchistas: “Patria o muerte, venceremos”.

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