Carta de los “Nacionales” a todos los antorchistas

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Vania Mejía López

Brinkman, Argentina. En abril pasado, revisábamos si los Grupos Culturales Nacionales del Movimiento Antorchista estaban en condiciones de aceptar una gira por varias ciudades de Argentina, la república que vio nacer al “Che” Guevara. Nos llegó la invitación para representar a México en el Festival de Folklore Argentina 2026, organizado por el Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Folklore y las Artes Tradicionales (CIOFF) de aquel país. La idea sonaba atractiva, seductora incluso, pero no podíamos ignorar todo lo que implicaba salir del país: dejar la casa, la rutina, los afectos, hacer cuentas de cuánto nos gastaríamos, organizar lo imposible. Se aceptó la gira y pusimos manos a la obra. Todos los antorchistas del país lo hicieron con nosotros. Entre colectas, actividades económicas, el curso de verano en el Instituto Macuil Xóchitl, el homenaje al centenario del nacimiento del comandante Fidel Castro y un montón de funciones, fue llegando el gran día de salir de viaje, para mostrarle al mundo lo que hace nuestra organización en el terreno artístico.

            Es el 17 de septiembre y son las 12 de la noche. Don Jaz llega con el autobús, como tantas y tantas veces lo ha hecho; esta vez; sin embargo, todo era diferente. Comienzan a bajar las maletas, se escuchan las despedidas, se pesan los equipajes, se sonríe de nervios. Abrazos que se alargan, recomendaciones de última hora. Nos subimos contentos, aunque pensativos porque son muchos días lejos y, así, con los bailarines, músicos y cantantes animosos, arrancó el famoso autobús de los “Nacionales”. A eso de las 4 de la mañana llegamos al Aeropuerto Internacional “Benito Juárez” de la Ciudad de México. Los nervios aumentan: muchos no se habían subido a un avión en su vida. Pasamos todos los filtros y llega la hora de abordar. Todos nos sentamos juntos. La gente que ve subir a los hombres con sus sombreros se interesa por saber quiénes somos; hay algunas preguntas, algunas respuestas, curiosidad y sorpresa. Y comienza lo que habría de ser un viaje de poco más de ocho horas. El tiempo se nos pasa viendo películas, comiendo, durmiendo, leyendo o simplemente viendo la ruta que seguimos a través de una pantalla.

¿Qué pensábamos que íbamos a encontrar al llegar? No estoy muy segura, pero lo que sí sé es que todo lo que hemos vivido esta primera semana ha superado las expectativas de todos.

Llegamos a Buenos Aires y ya nos esperaba un autobús con nuestro guía: Kuki, el querido Kuki que tanto ha hecho por nosotros y que en pocos días se ha ganado nuestro corazón. Viene ahora un viaje de casi seis horas hasta llegar a la terminal de Carlos Pellegrini, a las 5 de la mañana. Bajamos adormilados y con frío, con esa mezcla de cansancio y asombro que da llegar a un país nuevo. Nos piden una distribución para el hospedaje y varios jóvenes pertenecientes a Senderos Argentinos, el grupo folklórico de la comunidad, comienzan a guiarnos a la que será nuestra casa por cinco días.

Algunos tuvimos la fortuna de ser asignados con familias que pusieron su casa a disposición de “los mexicanos”. Así conocimos a Joana, Duilio y a sus dos pequeños hijos que desde el primer momento nos atendieron como si nos conocieran de años; también a Ayleen, quien nos transportó en todo momento a los puntos necesarios.

Arrancamos inmediatamente con las funciones. Nuestra agenda es apretada. Primera parada, una escuela primaria pública y después dos particulares de nivel primaria y secundaria; las dos primeras con dos turnos. Antes de seguir, quiero agregar un dato: en este país, la primaria dura siete años y la secundaria cinco, no tienen preparatoria o bachillerato, lo cual implica que al terminar la secundaria los jóvenes se inscriben a la universidad. ¡Qué maravillosa sorpresa nos llevamos! Los pequeños se muestran fascinados con nuestra música y folclor, y corren a abrazar a los músicos y bailarines, gritan, aplauden, sonríen. Les piden autógrafos en sus brazos o libretas, pero ellos no conocen a Elías, ni a Daniel, no saben que una chica se llama Vanessa, no, y es que no se los piden a los individuos, sino a México y a lo que van representando, porque eso es lo mejor de nuestro proyecto: que en cada uno de nosotros va nuestra idea de un arte popular, un arte para todos y, sobre todo, para los más humildes. Fue imposible que no se humedecieran los ojos de vez en cuando al ver a la inocencia y la ternura argentina abrazar a los artistas antorchistas, a aquellos jóvenes humildes que hoy bailan y cantan en Argentina. A veces al ver las reacciones del público y todo el amor que intentaban transmitirle a los bailarines y músicos me preguntaba: ¿se darán cuenta realmente de lo que están causando? ¿Entenderán el valor de lo que hacen y la responsabilidad que esto implica? Yo creo que sí, pero es que a veces la respuesta es tan impactante que despierta un torrente de emociones y te hace cuestionarte y a la vez comprender tantas cosas.

Ya en la noche damos función en el Centro Cultural de la comunidad y compartimos escenario con Senderos Argentinos, ¡qué bonito recorrido por su folclore! Gran trabajo el que presentan y una bella manera de introducirnos a su país, a sus costumbres y a su hermosa música; sin duda el cierre del evento con su interpretación contemporánea de “Yo vengo a ofrecer mi corazón” nos volvió a conmover; tantas emociones en un solo día y no se habían acabado. Llega la hora de la cena y nos vamos a San Jorge a una velada maravillosa en la que probamos sus alimentos y compartimos con sus músicos nuestro y su folclore: baile, sonrisas, algunas copas de vino, postres, regalos, intercambio cultural. Así cerró nuestro primer día. Para eso, el querido Kuki ya había dicho la icónica frase con la que lo recordamos siempre: “es que sho (yo) la amo”.

Después de ese día dimos funciones en escuelas de comunidades cercanas, en asilos para adultos mayores, eventos de jubilados, en plazas públicas, centros culturales, hemos desfilado por las calles de la comunidad, todo nos sigue sorprendiendo gratamente. La función en la feria rural fue muy bonita, porque más allá de lo que nosotros mostramos ese día también está todo lo que vimos del pueblo agrícola, la forma en la que conviven, todos sentados bebiendo mate, comiendo empanadas y prestos a disfrutar del arte que les llevábamos todas las delegaciones. La agenda es bastante apretada, no hay tiempo para descansar, pero la respuesta del público siempre recarga de energías a todos. Cada aplauso, cada abrazo, cada mirada de asombro nos confirma que el esfuerzo vale la pena. Y así conocimos en Pellegrini la amabilidad argentina, su campo, la forma en que producen, el delicioso helado grido y nos hartamos de comer alfajorez, algunos tuvimos la fortuna de disfrutar el asado en familia (gracias Joa y Duilio, por tan bonita noche y deliciosa cena), caminamos de noche por sus calles porque nos sentíamos seguros, probamos la cerveza, el fernet, sus cortes de carne, supimos que un kiosko es una tienda, intentamos aprender a utilizar sus billetes aunque no ha dejado de impactarnos que al pagar un café nos digan: son 6 mil pesos, platicamos con sus intendentes que siempre se mostraron amables (presidentes municipales); pocos días y tantas funciones, tantos descubrimientos, tantas alegrías.

El escenario lo hemos compartido con grupos argentinos y, salvo Senderos, todos ellos están conformados por niños, jóvenes y adultos mayores; cuanto nos recordaron a nuestros grupos folclóricos de la categoría antorchista llamada “Libre obrero popular y campesino”, en la participan los señores y señoras de pueblos y colonias haciendo maravillas artísticas, bailando, cantando o declamando. Todas las comunidades a las que fuimos tenían un ballet así, sobre todo tenían muchas mujeres, quizá porque los hombres crean que es cosa de mujeres, quizá porque están trabajando. Casi después de que llegáramos se sumó la delegación de Colombia, del Centro Cultural Casanari. ¡Qué bonito folclore traen de su país y qué energía y sabor le ponen! Verlos bailar y compartir escenario con ellos también ha sido un verdadero manjar.

En realidad, no hemos hecho nada diferente a lo que hacemos en México: llevar arte y cultura a niños, jóvenes y adultos mayores; sacar el arte de los grandes escenarios y acercarlo a comunidades alejadas de la capital, con sectores a veces tan abandonados por los gobiernos; hacer del arte una herramienta de sensibilización, un elemento que une y hermana a la gente y, ahora, a los pueblos del mundo. Lo que cambia es el país, el público al que ahora le ofrecemos la cultura mexicana, cuya cultura es diferente, con otras tradiciones, otra forma de relacionarse. Pero ahí está lo poderoso del arte: su lenguaje universal, aquel que entienden todos por el simple hecho de ser humanos. Nos hemos comunicado perfectamente con Carlos Pellegrini; hemos llevado el mensaje de unidad, de fraternidad que guía nuestro trabajo artístico y humano. Sabemos que no es suficiente para los tiempos que vive el mundo, de convulsión, invasiones y guerras, pero es una forma de llevar la chispa de solidaridad y humanismo a otros territorios para encender la llama que ha de transformar este mundo en uno mejor para todos.

Carlos Pellegrini ha sido la primera sede de este Festival, ahora estamos en Brinkmann, la segunda sede y una ciudad más grande, con poco más del doble de población y que también nos tiene una agenda apretada y recorridos por varias comunidades cercanas.

Compañeros antorchistas: en este viaje no sólo nos sentimos arropados por los que ahora nos reciben y aprecian nuestro trabajo, sino, sobre todo, por todos ustedes, por todos los antorchistas del país, de quienes somos el fruto artístico, educado bajo los nobles ideales de nuestra organización. Este viaje y nuestros grupos no serían sin nuestra organización, sin el trabajo en colectivo, sin la guía de nuestro querido maestro Aquiles. A todos ustedes, nuestro agradecimiento profundo y nuestro compromiso firme de poner en alto el nombre de nuestra organización en lo que resta de esta gira.