Dialéctica, conocimiento y Movimiento Antorchista

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José Luis Acuña Quezada
La vida nos enseña de forma directa que existen leyes universales irrefutables; por
ejemplo, sabemos que sin oxígeno, luz solar, alimento o agua, la vida
sencillamente no existiría. Este conocimiento se da a través de los sentidos:
procesamos la información que nos permite adaptarnos al entorno. Con el tiempo,
este aprendizaje se vuelve más complejo a medida que nos relacionamos con los
objetos y sujetos fuera de nuestra conciencia. Esta interacción nos brinda
herramientas para desarrollar un pensamiento abstracto que luego retorna a la
práctica, permitiéndonos ejecutar tareas más complejas y transformar nuestra
realidad social.
Como señaló Mao Tse-Tung: “El conocimiento del hombre depende
principalmente de su actividad en la producción material […] La práctica social del
hombre no se reduce a su actividad en la producción, sino que tiene muchas otras
formas: la lucha de clases, la vida política, las actividades científicas y artísticas”.
A partir de esta premisa, podemos sintetizar que el proceso del
conocimiento se desarrolla en cuatro momentos dialécticos. El primero es la
práctica social, es decir, la interacción directa con la realidad material, los objetos y
los sujetos externos a nuestra conciencia. De ahí pasamos a la percepción
sensorial, mediante la cual recolectamos información a través de lo que vemos,
oímos, palpamos y sentimos.
Posteriormente llegamos a la abstracción racional, momento en el que
conceptualizamos esa información, desarrollamos el conocimiento y la memoria y
le asignamos significado. Finalmente, se produce el retorno a la práctica: aquello
que hemos aprendido vuelve a la realidad para ponerse a prueba, confirmarse y
servirnos para transformarla. Este método dialéctico materialista es indispensable
para comprender el funcionamiento de la sociedad actual.
Al igual que un organismo vivo, el sistema capitalista se rige por leyes
internas que no siempre son visibles a simple vista. Sin embargo, al analizarlas
desde la perspectiva marxista, su dinámica queda al descubierto: el capitalismo no
puede existir sin la explotación de la fuerza de trabajo de la clase obrera. La clase
trabajadora recibe un salario de subsistencia apenas suficiente para reproducir su
vida y volver a trabajar al día siguiente, mientras que la clase capitalista se apropia
de la riqueza generada a través de la plusvalía sin intervenir en el proceso
productivo.
Para el capital, modificar estas leyes internas resultaría suicida, como si al
hombre le quitáramos el alimento. El sistema no puede permitirse pagar salarios
dignos, redistribuir la riqueza ni asumir mayores cargas fiscales de forma
voluntaria. En el marco de la competencia monopolista, cualquier capitalista que
intente humanizar sus condiciones perdería la contienda frente a aquellos que
aplican rigurosamente la ley fundamental del sistema: maximizar ganancias a
costa del trabajo asalariado.
Para garantizar su supervivencia, el imperialismo —fase superior del
capitalismo— recurre a un entramado de poder que somete el aparato estatal a los
intereses de la oligarquía nacional e internacional. Las instituciones jurídicas,

políticas e ideológicas —la educación, la religión, la ciencia, los medios de
comunicación y la cultura— son instrumentalizadas por la clase dominante.
Como resultado, las mayorías oprimidas son desplazadas a la periferia:
zonas despojadas de servicios básicos y educación, administradas por
burocracias ineficientes, expuestas a una industria cultural que deforma la
conciencia social, con pésimos salarios y malas condiciones laborales. Se
promueve el consumo de alienantes, el alcoholismo y una vida monótona,
estresante y enferma con el fin de mantener a la población en la sumisión.
Sin embargo, como ya decíamos, el capital no se sostiene solo; depende
enteramente de la fuerza viva del trabajador. Siguiendo la lógica dialéctica, al
precarizar, agotar y asfixiar a la clase trabajadora que lo alimenta, el propio
sistema incuba sus contradicciones y cava su propia tumba.
Es por ello que hoy presenciamos un imperialismo en decadencia: agresivo,
desquiciado y dispuesto a devastar naciones enteras, vulnerar soberanías y
aplastar cualquier movimiento que cuestione su hegemonía.
Ante esta crisis, resulta urgente que los pueblos que mantienen, sin saberlo,
a este sistema devastador se levanten y lo destruyan. Como nos ha indicado el
maestro Aquiles Córdova Morán, es la hora de los pueblos. Debemos aprovechar
que el enemigo se encuentra en decadencia, enfermo y desesperado.
Nuestra tarea es clara: seamos la vanguardia que estudie con fervor las
bases del marxismo-leninismo para comprender las leyes sociales que nos
permitirán liberarnos de las cadenas de la explotación. Vayamos hacia el pueblo;
hay que organizarlo, agitarlo e invitarlo a luchar de manera consciente para
destruir el aparato estatal que hoy sirve a la burguesía y perpetúa la miseria, e
instaurar un Estado auténticamente al servicio del pueblo.
Hay que atender el llamado a la Unidad Ideológica, Unidad Política y
Unidad de Acción. La lucha de clases y las leyes dialécticas juegan a favor de las
inmensas mayorías, que sostienen al sistema y requieren de una fuerza capaz de
organizarlas para transformarlo.
En México, esa fuerza es el Movimiento Antorchista. Su fortaleza radica en
la convicción de que el pueblo organizado sabe y puede gobernar, pero también
en llevar esa convicción a la práctica mediante el estudio, la educación y la
organización de los trabajadores. Por ello, es fundamental invitar a quienes aún no
conocen al movimiento —o a quienes tienen una idea distorsionada de él— a que
se acerquen, conozcan su trabajo y comprueben por sí mismos la realidad de
Antorcha.
Y aquí volvemos al punto de partida. Si el conocimiento nace del contacto
con la realidad, se eleva al pensamiento y vuelve después a la práctica para
confirmarse y transformar esa misma realidad, conocer al Movimiento Antorchista
implica también acercarse a su trabajo concreto. Es en la práctica, en la
organización y en la lucha cotidiana donde puede comprobarse que Antorcha se
mantiene firme porque camina junto al pueblo y comprende las leyes que rigen el
desarrollo social.
La tarea que tenemos enfrente es titánica y exige redoblar el estudio, el
trabajo y la organización. Comprender las leyes de la dialéctica no tendría sentido
si ese conocimiento no volviera a la práctica para transformar la realidad. Esa es
precisamente la tarea de los antorchistas: convertir el conocimiento en conciencia,

la conciencia en organización y la organización en una fuerza capaz de construir,
junto con el pueblo, una sociedad distinta.