EDIDTORIAL | El Congreso no es un ring

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Vergonzoso. El priista Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla y el morenista Arturo Ávila protagonizaron este miércoles un enfrentamiento de insultos, empujones y jaloneos en las instalaciones del Senado.

Lo que debía ser una discusión política sobre asuntos de interés nacional terminó convertido en una escena más propia de una riña callejera que de representantes populares que cobran del erario para debatir, construir acuerdos y legislar.

El episodio tampoco surgió de la nada. Gutiérrez Mancilla acudió a confrontar a Ávila después de las acusaciones del morenista contra el dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno; de ahí pasaron a llamarse “corruptos”, “narcos” y “porros”, hasta llegar al contacto físico.

Las diferencias políticas pueden ser profundas y el debate incluso ríspido, pero cuando los argumentos terminan y comienzan los empujones, quienes pierden no son Morena ni el PRI: pierde la política mexicana.

México enfrenta violencia, pobreza, inseguridad y enormes pendientes sociales como para que sus legisladores conviertan el Congreso en un espectáculo de provocaciones y golpes. 

La oposición tiene derecho —y obligación— de cuestionar al gobierno, y la mayoría tiene que responder con argumentos; ninguno necesita comportarse como si estuviera arreglando una disputa personal. 

Si ese es el nivel de quienes dicen representar a millones de mexicanos, no sorprende el creciente desprestigio de la clase política.