Una generación creciendo entre el abandono

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Hay señales que un régimen político envía sin darse cuenta. Una de ellas es la manera en que trata a sus niños y jóvenes.

Y en México, detrás de la optimista llamada Cuarta Transformación, empieza a asomarse un panorama inquietante: escuelas debilitadas, jóvenes sin horizonte laboral, comunidades enteras donde la educación dejó de ser una herramienta de movilidad y comenzó a parecer un trámite administrado improvisación.

Lo verdaderamente delicado es la normalización del abandono.

Se reducen exigencias, se maquillan indicadores y se actúa como si bastara con repartir apoyos para resolver problemas que llevan décadas acumulándose.

Padres de familia observan cómo sus hijos salen antes de clases, aprenden menos y pasan más tiempo expuestos a entornos donde la violencia y el crimen organizado encuentran terreno fértil.

El Estado parece haber renunciado a formar ciudadanos y haberse conformado con administrar precariedad. No es casual que crezca la participación de menores en actividades delictivas ni que aumente la preocupación social sobre el futuro de las nuevas generaciones.

Cuando un gobierno deja de invertir seriamente en educación, cultura, deporte y empleo juvenil, alguien más termina ocupando ese espacio. Y la historia latinoamericana demuestra que esos vacíos nunca permanecen vacíos demasiado tiempo.