La pelota rueda mientras el hambre crece

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El Mundial de futbol vuelve a demostrar que, además de ser el espectáculo deportivo más seguido del planeta, es uno de los negocios más lucrativos jamás creados. 

Las cifras son tan descomunales que cuesta dimensionarlas: la FIFA proyecta 2 mil 800 millones de dólares en ingresos durante este ciclo, un incremento de 426 por ciento respecto al Mundial de Catar. 

A ello se suman 10 mil 500 millones de dólares que las marcas invertirán adicionalmente en publicidad global para aprovechar la conversación que genera el torneo.

El dinero parece no tener límites. Los patrocinios oscilan entre 35 y 200 millones de dólares; un anuncio de apenas 30 segundos durante la pausa de hidratación cuesta alrededor de 200 mil dólares, es decir, cerca de 4 millones de pesos

Solo esa pausa comercial representa 832 espacios publicitarios a lo largo del torneo. Tan rentable es el negocio que la cadena Fox, que pagó 485 millones de dólares por los derechos de transmisión, podría recuperar entre 250 y 600 millones únicamente con la venta de anuncios durante esas pausas.

No es casualidad que las grandes empresas peleen por aparecer en la pantalla, ni que las marcas desarrollen campañas ingeniosas para aprovechar cualquier resquicio de publicidad. El Mundial dejó de ser únicamente una competencia deportiva para convertirse en una gigantesca plataforma comercial donde cada segundo al aire tiene un precio y cada detalle está pensado para generar ganancias.

Pero mientras los balances financieros baten récords, la realidad fuera de los estadios sigue siendo muy distinta.

Las mismas ciudades que reciben partidos mundialistas albergan a millones de personas que viven en condiciones de pobreza. Familias que no tienen garantizadas dos comidas al día, trabajadores cuyos salarios apenas alcanzan para sobrevivir y enfermos que no pueden acceder a servicios médicos de calidad. Esa realidad no aparece en los espectaculares, ni en las ceremonias de inauguración, ni en las transmisiones televisivas.

La contradicción es evidente: mientras una pausa de hidratación puede generar cientos de millones de dólares para empresas y cadenas de televisión, millones de seres humanos continúan enfrentando diariamente el hambre, la desnutrición y enfermedades que podrían prevenirse con una mínima parte de esos recursos.

El futbol no es el problema. Al contrario, es una de las expresiones culturales más importantes del mundo y tiene la capacidad de unir a los pueblos. Lo preocupante es el modelo económico que ha convertido esa pasión en un negocio gigantesco donde las ganancias parecen importar mucho más que las necesidades de millones de personas.

Resulta inevitable preguntarse qué podría lograrse si una fracción de esos miles de millones de dólares se destinara a combatir la pobreza, mejorar hospitales o garantizar alimentación para quienes hoy viven en la marginación. Tal vez entonces el mayor triunfo del Mundial no estaría en levantar una copa, sino en demostrar que la riqueza que genera el deporte también puede servir para mejorar la vida de quienes más lo necesitan.