Un país para unos cuantos

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En México no falta dinero. Está concentrado.

Menos de mil personas poseen cerca de una cuarta parte de la riqueza nacional. Del otro lado, la mitad más pobre apenas concentra el 2 por ciento. 

Y aun así, se insiste en que el problema es la falta de crecimiento, la productividad o el esfuerzo individual.

Los números dicen otra cosa.

El 1 por ciento más rico concentra el 23 por ciento del ingreso nacional, mientras que la mitad del país sobrevive con apenas el 7 por ciento. En términos de patrimonio, la desigualdad es todavía más brutal: el 10 por ciento más rico acapara el 70 por ciento de la riqueza.

Porque además, el sistema fiscal no corrige esa desigualdad. El 50 por ciento más pobre destina cerca del 24 por ciento de sus ingresos al pago de impuestos. El 1 por ciento más rico, apenas el 12 por ciento.

Los que menos tienen, pagan más.

Los que más concentran, pagan menos.

Y luego se habla de equilibrio.

El dato más incómodo es: si México aplicara un impuesto mínimo a las grandes fortunas —apenas del 2 por ciento a patrimonios superiores a 100 millones de dólares— podría recaudar más de 10 mil millones de dólares al año. Con un 3 por ciento, la cifra subiría a 15 mil millones.

Dinero suficiente para transformar políticas públicas enteras.

Pero no se hace.

Porque tocar esa riqueza implica reconocer algo que el discurso oficial evita: que el problema no es la escasez, sino la concentración.

Y entonces aparecen los cálculos incómodos: fortunas tan grandes que, incluso gastando un millón de dólares al día, tomaría cientos de años agotarlas. Dinero que no cabe en una vida.

Mientras tanto, millones de familias en México no tienen garantizadas dos comidas al día.

Un sistema donde unos acumulan riqueza que no podrán gastar jamás, mientras otros no alcanzan lo mínimo para vivir, no puede no importarnos.

Esa concentración es el resultado de decisiones políticas, fiscales y económicas que han permitido que la riqueza se acumule arriba sin límites, mientras abajo se administra la escasez.

Por eso la discusión no debería ser si es viable gravar grandes fortunas.

Debería ser por qué no se ha hecho.