CRÓNICA | La sangre fecunda

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Silvanna Mortera

La carretera que sube desde Zacapoaxtla hacia Huitzilan se va encajando entre los pliegues de la Sierra Nororiental. El aire se vuelve más fresco, más limpio y ya desde San Miguel del Progreso —comunidad que pertenece al municipio— el paisaje comienza a hablar. En los muros de las casas, en las paredes de piedra que bordean el camino, aparecen las primeras pintas: letras rojas sobre fondo blanco que anuncian el 42 aniversario del Movimiento Antorchista en Huitzilan: “42 años de lucha y organización”, se lee en una pared de piedra. “Huitzilan, ejemplo de progreso”, en el costado de una tienda de abarrotes. “Con Antorcha, la tranquilidad llegó para quedarse”, en el muro de una escuela primaria. La pintura tiene ya la textura de lo que ha resistido lluvias y soles.

El aroma que acompaña todo el trayecto es el del café. En algunos puntos se mezcla con ese olor ácido y característico de la fase de despulpe, cuando las familias quitan la cereza roja que recubre el grano para dejarlo listo para el secado. En los techos de lámina o de teja, se ven los pequeños productores extendiendo su café al sol, grano junto a grano, en una labor que es cotidiana y que aquí, en estos días de fiesta, no se detiene. El café se seca mientras abajo, en las calles, las banderas rojas comienzan a moverse como un solo cuerpo.

Al entrar a la cabecera municipal, lo primero que recibe es el humo del copal. Las mujeres están ya en la entrada del auditorio municipal, formadas en dos hileras, con los sahumadores de barro humeando en sus manos. El humo espeso y sagrado envuelve a los visitantes. El pleno central, ese consejo de ancianos que ha guiado a Huitzilan durante cuatro décadas, les comparte los xochicuohuitl y xochicoscatl —flores y collares de flores tejidas con pan— que significan el abrazo de la tierra a quienes vienen a sembrar esperanza. Colocan los collares sobre el pecho de los dirigentes, les encienden velas, y entonces comienza la danza que los recibe. 

El auditorio se llena hasta las gradas más altas. Las consignas rompen el aire con la fuerza de quien sabe que cada palabra ha sido regada con sangre: ¡Que viva Antorcha Campesina! ¡Morir por Antorcha no es morir, morir por Antorcha es vivir! ¡Por todos los caídos nosotros estamos de pie! Y entonces, cuando el grito se calma, viene el momento que nadie puede escuchar sin que se le erice la piel. La banda de guerra marca los compases de un silencio que es un rugido contenido. El público entero se pone de pie. Uno a uno, van nombrando a los mártires. Dieciocho nombres, pero son muchos más, porque cada nombre es una familia que se quedó sin padre, sin madre, sin hijo. Carlos Ayance de Gante, Manuel Hernández Pasión, Máximo de la Cruz Rivera, Francisco Luna Gobierno, Ignacio Gómez Cipriano, José Facundo Ayance de los Santos, Ramírez Velázquez Gobierno, Bartolomé Tadeo Arellano, José Lorenzo Hernández, la maestra Berenice del Rosario Bonilla López, Eulogio Pasión Hernández, Luisa Pasión Ángel, Fulgencio Sánchez Martínez, Juventino Torres Melquiades, Juan Gómez Cruz, Francisco Galindo Ramos, Diego Peralta Zetina, Herminio Cruz Monterde… y al final, un último nombre que los reúne a todos: Mártires Antorchistas. El minuto de silencio es eterno. En el aire flotan los versos que alguien recita después: “Has muerto, camarada, en el ardiente amanecer del mundo. Has muerto cuando apenas tu mundo, nuestro mundo, amanecía. Llevabas en los ojos, en el pecho, tras el gesto implacable de la boca, un claro sonreír, un alba pura. Has muerto entre los tuyos, por los tuyos.”

Los hombres mayores visten calzón de manta y camisa del mismo blanco, algunos llevan morrales de ixtle y varas de madera con banderas rojas que sostienen como si fueran lanzas en reposo. Las mujeres, en cambio, llevan blusas de popelina bordadas a mano con hilos de algodón rojo, verde, azul, que dibujan flores y aves alrededor del escote; sobre la falda —el enredo de distintos tonos que distingue a cada comunidad— portan el mandil de cuadros, y en los días de fiesta se cubren los hombros con el rebozo negro de lana gruesa. El cabello, peinado en trenzas largas, en algunos casos entrelazadas con listones de colores. En medio de ellas, don Miguel Galindo Gabino, con la piel curtida por los años, dice en voz firme: “Que se acerquen todos nuestros hermanos, nuestros compañeros, que no falten porque se va a descomponer de nuevo el municipio y perdemos mucho. Nosotros vimos, sabemos por todo lo que pasamos. ¡Qué bueno que nos vinieron a arreglar Huitzilan! ¿Quién trajo la luz, el agua, quién construyó las carreteras? Todo lo hizo la organización, es la única que está trabajando”. 

Angelina Castillo de Los Santos, de trenzas largas y rebozo negro, añade: “Antorcha es como el camino que nos guía y alumbra para caminar, es como esa vela que prendes para poder alumbrarte. Pero antes salías ¿y a dónde ibas? Sufrimos mucho, antes para las cinco de la tarde ya nadie salía, ya todos se encerraban, porque en la tarde te iban a buscar a ti también. Hoy les gusta Huitzilan porque pueden andar en la noche, los muchachos tienen espacios para hacer deporte. Muchos se habían ido, unos regresaron, otros ya no. Nosotros agradecemos que regresamos y que estamos en nuestro pueblo, porque en pueblo ajeno se sufre más. No había nada, antes para tener agua teníamos que acarrearla, hoy ya todos tenemos en nuestra casa”.

El evento cultural abre con la voz joven de Heidi Zoé Mejía González, alumna de la Secundaria Técnica, que declama “La Internacional”, una pieza en la que el canto de los trabajadores del mundo es también el canto de aquellos que un día decidieron que la organización era la única salida. Luego, Fernanda Jaquelinne Alejo Zeferino entona el “Corrido de Huitzilan”, y el auditorio entero se convierte en un solo oído. El corrido cuenta lo que aquí nadie puede olvidar: los nombres de los caídos, la traición de los que se volvieron verdugos, la valentía de los que dijeron basta, el regreso triunfante de los desterrados. 

El presídium de honor reúne a dirigentes llegados de distintos estados: el doctor Abel Pérez Zamorano, líder en el Estado de México; la maestra Guadalupe Orona Urías, desde Hidalgo; Jassón Celis Córdova, de la comisión nacional estudiantil; junto al anfitrión Adalid Córdova Muñiz y al presidente municipal Josué Elías Velázquez Bonilla. 

Pero es la voz del doctor Abel la que se impone cuando toma el micrófono, no habla de abstracciones, va directo a la herida que aún palpita bajo la piel del pueblo: “Hay quien nos dice que Huitzilan necesita un cambio, que ya es mucho tiempo de Antorcha en el gobierno. Yo me pregunto: ¿cambiar hacia dónde? ¿Cambiar para qué?” La pregunta cae como una piedra en el agua quieta. “Quieren llevar a Huitzilan a lo que fue antes. Porque, como dicen los choferes: la reversa también es un cambio”. Y entonces despliega los números que hablan por sí solos: de dos escuelas cerradas en 1984 a más de cincuenta instituciones educativas hoy; de la noche de la ignorancia a la luz del conocimiento. “La educación nos da luz, ilumina el camino. Mientras los caciques tenían armas de fuego, nosotros tenemos nuestras armas de conocimiento”. Habla de los que desde fuera ofrecen tarjetas a cambio del voto, de los que pretenden confundir a la población con apoyos asistenciales mientras buscan desmantelar lo construido. “Las tarjetas son un derecho de todos los mexicanos, está en la Constitución. Tómenlas porque son suyas, pero no renuncien a su dignidad ni a su organización”. Y al final: “Por los vivos, por los niños, por nuestras familias, por nuestros muertos: mantengámonos unidos. Si nos dividen, nos derrotan”, cuando termina, el aplauso no es cortés: es un rugido que sube desde las entrañas. 

El segundo bloque cultural trae más poesía: Natalí Bonilla Hernández declama “El canto de los proletarios”, insistiendo en la misma verdad que recorre todo el evento: la emancipación de los pobres solo puede ser obra de ellos mismos, organizados. Luis Fernando Bonilla Galindo interpreta el Corrido de Nayarit, otro relato de resistencia que se enlaza con el de Huitzilan como si todas las epopeyas populares fueran un solo río. 

Sebastián Cañadero Aguiler, un hombre de manos callosas y camisa blanca, referiéndose a los niños huitziltecos dice: “Ahora vemos que ya está bonito, porque ya se arregló. Antes estábamos en la marginación, Huitzilan era puro monte, no había luz, ni un buen camino. Pero ahora vemos que está mejor, para estos niños que vienen creciendo y les queda una vida por delante.”

Finalmente, todos de pie para el himno de Antorcha Revolucionaria, las últimas notas se disuelven en el aire y los aplausos se sienten como una promesa. Afuera, el sol de la tarde baña las calles empedradas. Los carteles con los rostros de los mártires parecen sonreír. Las mujeres guardan los sahumadores y los collares de pan, los hombres enrollan sus banderas rojas. Pero en el ambiente queda flotando una consigna que nadie quiere dejar morir: ¡Tenemos la fuerza, tenemos la razón! Y en cada rostro, la certeza de que la Antorcha es una memoria que no se doblega y también es un futuro que se construye con las manos unidas de un pueblo que aprendió que la única derrota es el olvido.