La agresión de Israel y Estados Unidos, contra Irán se ha extendido por Oriente Medio después de que Teherán lanzara ataques de represalia contra objetivos militares en Israel y bases militares estadounidenses en la región.
Estados Unidos e Israel apostaron a que, con el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jameneí caería el Gobierno iraní y podrían negociar, pero no consideraron que el relevo estaba previsto, tomando en cuenta la edad de 86 años del líder y la enfermedad de Jameneí. Además, habría dejado nombrados sucesores, con un liderazgo temporal compartido por tres figuras, entre ellas el presidente Masoud Pezeshkian.
Después de esta primera fase, Estados Unidos, emprendería otra de ataques destinada a eliminar a otros dirigentes e intimidar a los que queden, con la expectativa de que acepten negociar garantías de supervivencia y sometimiento.
Si eso no ocurre, la siguiente fase sería presionar mediante una crisis económica y humanitaria causada por nuevos golpes contra la economía, con el objetivo de reactivar protestas en Irán.
Mientras parece que el ejército iraní, Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) no optaría por rendirse, en un país donde, “no tienen adónde huir”. Además, una ventaja para Irán es la ideología de la República Islámica que funciona como factor de cohesión en una sociedad diversa que no aceptaría un reemplazo abrupto de autoridades.
La escalada sionista también tiene límites políticos y regionales. El presidente de Estados Unidos Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, difícilmente podrían mantener bombardeos prolongados sin costos internos, y el liderazgo estadounidense enfrenta presión de países árabes que rechazaban la guerra desde el inicio y no quieren asumir el impacto económico de un alargamiento del conflicto.
