Ocoyucan, Puebla. Para las familias campesinas de Emilio Portes Gil, en Ocoyucan, la tierra no solo representa su medio de subsistencia, sino una tradición viva heredada de generación en generación. Así lo comparte Felipe Juárez Ponce, agricultor de la región que, junto a sus seres queridos, dedica su vida al cultivo del campo: en estas fechas, enfocado por entero a la flor tradicional de temporada, la cempasúchitl y la flor de terciopelo, y posteriormente a la siembra de jitomate, calabaza y cebolla.
El proceso para vestir de color los altares de Día de Muertos comienza meses antes. De acuerdo con Juárez Ponce, la flor de cempasúchil de semilla nativa se siembra directamente en la tierra hacia el 12 de agosto, previa preparación y surcado del suelo. Cuando se opta por el método de trasplante, los trabajos inician desde el 25 de julio.
Sin embargo, el periodo de cosecha es sumamente reducido e intenso, «la flor nomás es de temporada. En una semana se tiene que ir toda la que cultivamos. Es una semana para cosechar todo lo que se siembra», explica el productor. Del 26 al 31 de octubre, los agricultores permanecen en los campos durante todo el día cortando la flor para responder a la demanda.
Felipe Juárez hace un llamado a la población a distinguir entre la flor criolla o nativa y las variedades importadas o comercializadas en maceta (comúnmente conocidas como variedades chinas). La flor tradicional de pétalo liso es la preferida en los altares por su aroma, resistencia y autenticidad.
Asimismo, destacó los beneficios de adquirir el producto directamente con el agricultor, la flor comprada en el campo va recién cortada, limpia y sin maltratar, a diferencia de la flor que se traslada a los grandes centros de comercio —donde suele maltratarse, marchitarse o calentarse por el amontonamiento, manchando la hoja—, la flor de campo mantiene su vitalidad y belleza por más tiempo.
El trabajo agrícola no está libre de adversidades. Este año, los productores enfrentaron fuertes pérdidas debido a las granizadas ocurridas al inicio del ciclo productivo, afectando severamente especies delicadas como la flor de terciopelo (mano de león).
A las inclemencias del tiempo se suma la inestabilidad de los precios en el mercado de hortalizas. Juárez Ponce señala que, a diferencia de productos que pueden almacenarse, cultivos como la calabaza o la cebolla deben venderse en su punto exacto de maduración; de lo contrario, al no haber comprador o precio justo, los agricultores se ven obligados a rastrear (triturar con el tractor) la cosecha perdiendo toda su inversión.
Ante este panorama, los agricultores de la comunidad hacen la invitación de acudir directamente a las huertas para adquirir su flor recién cortada «del campo a la mesa y a los altares», disfrutando además del paisaje natural de los campos florecidos, «nosotros nos mantenemos de esto, no tenemos otra opción más que nuestro campo», concluyó Juárez Ponce.

