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Día de muertos en regiones de México

El Día de Muertos tiene origen en raíces indígenas, en prácticas antiguas donde se veneraba a los muertos, con el tiempo se transformó en una festividad, la cual estaría dedicada a recordar y recibir simbólicamente a quienes ya no están. Esta celebración no tiene una sola representación, ni un calendario idéntico, en algunas comunidades se le da más atención al tamaño y la elaboración del altar, en otras, a la preparación de platillos tradicionales, a los caminos florales, los rezos, la visita a las tumbas o la distribución de los alimentos.

Puebla ofrece ejemplos donde la ofrenda puede ser monumental y pública, como en Huaquechula, donde los altares destacan por sus estructuras de varios niveles y están dedicadas especialmente a quienes fallecieron durante el último año. En San Miguel Canoa, las familias preparan canastas con los productos de sus ofrendas para compartirlos con familiares y amistades, mientras que, en el valle de Texmelucan, la primera ofrenda adquiere un significado especial dentro del proceso de duelo familiar, al formar parte de un ciclo ritual que puede extenderse hasta el aniversario del fallecimiento.

En Tlaxcala, la tradición nahua de San Isidro Buensuceso destaca por la combinación la elaboración de alimentos regionales como guajolote con mole, tamales y dulce de calabaza y los caminos de flores con ramas de pino que sirven para recibir a las ánimas. Una particularidad es la presencia del pan chichihua, este y más alimentos se comparten posteriormente al levantamiento de ofrenda, para compartir con la comunida.

Oaxaca muestra una diversidad especialmente amplia de diseños, calendarios y celebraciones callejeras. En Mitla, se han documentado diseños ovalados y decoraciones con glaseado, en Yalálag, las familias colocan cañas, flores amarillas y pan con figura humana, además de preparar alimentos para recibir y despedir a sus difuntos, mientras que en Villa de Etla se celebran las tradicionales muerteadas, recorridos por las calles con disfraces, personajes y música de banda que convierten la conmemoración en una expresión colectiva.

En Guerrero, los preparativos son prolongados, en las comunidades como Tlacoapa incluyen preparativos que pueden comenzar hasta quince días antes de la celebración, con altares diferenciados para niños y adultos fallecidos, en Coatepec Costales, las campanas y los rezos anuncian la llegada de las ánimas, mientras las familias preparan frutas, dulces y alimentos, además, en distintas localidades se incorporan productos regionales como el pozole de camahua, junto con artesanías, flores de cempasúchil, pericón y terciopelo que dan identidad a las ofrendas.

En Veracruz, la tradición nahua de Chicontepec destaca por sus arcos elaborados con palmilla y flores, de los que cuelgan frutas y pan con figura humana; en Tempoal, el Xantolo se acompaña de la viejada, una danza de participantes enmascarados que recorren los espacios festivos, mientras que, en Naolinco, durante La Cantada, las personas visitan casas y altares la noche del 1 de noviembre para entonar cantos y salmos en memoria de los difuntos.

La ofrenda no siempre termina cuando se apagan las velas o se retiran los alimentos, se mantiene mediante acciones que involucran a muchas personas, desde quienes cultivan las flores y elaboran el pan hasta quienes preparan la comida, rezan, cantan o reciben a los visitantes. Estas tradiciones se mantienen vivas gracias a la diversidad de formas de recordar, recibir y despedir a quienes han fallecido.

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