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La Técnica 16 ‘está hecha con mis manos’

Enrique Pluma

Entre cerros polvorientos, árboles solitarios y un silencio que entonces solo rompían el viento y las pisadas furtivas, comenzó a escribirse una de las historias educativas más singulares del México profundo. No había pavimento, ni hospitales, ni casas alrededor; solo una ladera indómita donde la Escuela Secundaria Técnica No. 16 alzaría sus cimientos. Allí, en ese territorio ganado a pulso al monte, llegó el 1° de septiembre de 1978 un hombre de manos callosas y mirada serena: Sabino Venancio López Espinoza.

Durante casi medio siglo —exactamente 47 años de servicio ininterrumpido—, Sabino no fue solo un testigo silencioso del paso del tiempo, sino el artífice material y humano de una transformación que cambió el destino de generaciones enteras. Albañil, plomero, soldador, electricista y constructor de utopías cotidianas, él mismo levantó con sus propias manos las palapas y los pisos de la institución, además del techado de los dormitorios femeninos. “Esos están hechos por mis propias manos”, relata con el orgullo noble de quien sabe que su sudor forma parte literal de las paredes que cobijaron a miles de jóvenes.

La génesis de un cambio inevitable

La historia de este centro escolar no se entiende sin la sacudida social que la rediseñó. En aquellos años, las tensiones políticas, los abusos caciquiles y la visión del ingeniero Aquiles Córdova Morán —líder y fundador del Movimiento Antorchista Nacional— marcaron un punto de quiebre. Sabino recuerda con precisión quirúrgica el momento en que la comunidad y los padres de familia, cansados de los malos tratos y las fobias ideológicas del entonces director Jaime Peralta (vinculado al grupo opositor local de los llamados “pípilos”), decidieron tomar las riendas del plantel.

“Se portaba muy mal el director, les daba malos tratos (a los niños estudiantes), y por esa misma razón Antorcha tomó la escuela y lo corrieron a él”, rememora Sabino. Aquel relevo no estuvo exento de resistencias por parte de los allegados al viejo régimen, pero la marea de padres, alumnos y maestros organizados disipó cualquier intento de retroceso. Fue entonces cuando la dirección pasó brevemente por manos como las de Jorge Jiménez, para dar paso posteriormente a la gestión de la maestra Hersilia Córdova Morán y una larga estafeta de directores que consolidaron el proyecto educativo.

De la rebeldía a la disciplina del saber

El rostro de los estudiantes también evolucionó. En las primeras décadas, las aulas albergaban a jóvenes maduros de 20, 22 o 23 años que cargaban con las asperezas de una época convulsa. Con la llegada del nuevo modelo pedagógico impulsado por Antorcha, aquellos muchachos de temple rebelde encontraron cauce a través de la disciplina, el arte, la danza, los bailes folclóricos y una exigencia académica de tiempo completo que abarcaba incluso los días sábado.

“Era una escuela que trabajaba tiempo completo y no escatimaba su tiempo”, señala Sabino al reflexionar sobre una dinámica comunitaria donde la educación nunca se redujo al horario de oficina. Paralelamente, el pueblo entero creció al ritmo de la escuela: donde antes reinaba la maleza, surgieron colonias, calles, áreas verdes, espacios recreativos y el hospital general, impulsados por la misma inercia de desarrollo colectivo.

Un tesoro hallado en la sed del terreno

Las carencias de los primeros años exigían ingenio y resistencia. Ante la escasez absoluta de agua para sostener la vida escolar, las jornadas de excavación se convirtieron en una prueba de fe y necesidad. Rascando la tierra día tras día, metro a metro, se encontró el venero subterráneo que abastece el pozo de la institución hasta el día de hoy. “No es mucha el agua que digamos que bastezca todo, pero sí hay para un buen rato”, comenta con la satisfacción de quien ha vencido a la sequía con el esfuerzo físico.

Hoy, a punto de cumplirse medio siglo desde su fundación, la Escuela Secundaria Técnica No. 16 de Tecomatlán se erige no solo como un monumento de concreto y aulas, sino como un faro de movilidad social en la Mixteca baja. Para los exalumnos que hoy llevan a sus propios hijos a las mismas aulas, el mensaje de Sabino —el hombre que vio nacer y crecer este sueño durante 47 años— es un recordatorio de gratitud y compromiso: portarse bien, valorar el esfuerzo colectivo y entender que la educación verdadera exige entrega total.

En los ojos de Sabino Venancio, curtidos por el sol y la memoria, vive la certeza de que el porvenir se construye con ladrillos, pero sobre todo con la voluntad férrea de un pueblo que decidió educarse para transformar su propia realidad.

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