Antorcha en Argentina: un orgullo indescriptible

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Jonathan Pérez José

Estar a miles de kilómetros de casa representando a México es una emoción difícil de describir con palabras. Llegamos a Argentina como delegación de los Grupos Culturales del Movimiento Antorchista Nacional para participar en este gran encuentro de CIOFF, y hoy, ya de vuelta en México, miro hacia atrás y me doy cuenta de que regresamos siendo personas distintas.

La experiencia fue una verdadera bomba de emociones inborrables que se queda grabada para siempre en la memoria y en el corazón de cada uno. ​En medio de tanta riqueza cultural es imposible no detenerse a reflexionar sobre el origen de todo esto. Quienes integramos esta delegación somos gente del pueblo, estudiantes, jóvenes humildes que en otro contexto jamás habríamos imaginado salir del país.

Nada de esto sería una realidad sin el respaldo firme de nuestra organización, el Movimiento Antorchista Nacional. Esto nos demuestra, con hechos, que el arte y la cultura no son un mero entretenimiento ni un lujo, sino una herramienta poderosa de transformación social. La música y el folclor sensibilizan el alma, despiertan la empatía y nos vuelven más humanos en un mundo que lo necesita con urgencia. Cada país tiene un folclor único y sagrado, y es nuestra responsabilidad colectiva protegerlo y no dejarlo morir jamás.

​Cada función era única. Cuando nos prestabamos, el zapateado retumbaba y sonaban los primeros acordes de nuestra música en vivo, todo cobraba un sentido profundo. Los colores, los vestuarios, cada movimiento y cada coreografía se fusionaban en una entrega total. Ver al público argentino aplaudir con entusiasmo y vibrar con la fuerza de nuestras estampas mexicanas nos llenaba el pecho de un orgullo indescriptible. Pudo habernos faltado el picante en la mesa, pero nos sobró corazón, conciencia y gratitud por cada segundo vivido en esa hermosa tierra.

​Sin embargo, algo sumamente valioso no sólo ocurrió bajo los reflectores, sino también en los pasillos, en los camiones, compartiendo el plato o en los pequeños momentos de descanso. Convivir tan de cerca con nuestros camaradas de Colombia y con la delegación anfitriona fue algo profundamente enriquecedor. Escuchar cómo ensayan en sus países, saber cómo se preparan, entender lo que sienten antes de salir a escena y ver el cariño con el que cada quien defiende sus tradiciones convirtió esta gira en un choque cultural hermoso. Ahí te das cuenta de una verdad fundamental, al final, todos somos lo mismo. Aunque hablemos con acentos distintos y tengamos costumbres diferentes, compartimos la misma alegría de estar vivos y de expresarnos a través del arte.

​Pero lo que de verdad se me ha quedado grabado en lo más profundo del pecho es el contacto directo con la gente local. Fuimos a escuelas, a asilos y tocamos a unos cuantos metros de la mirada atenta de los niños, de los abuelos, de los jóvenes. Ver de cerca cómo la gente se conmovía desde las primeras notas, ver sus rostros de sorpresa, sus sonrisas sinceras y la calidez con la que nos recibieron sin conocernos, eso sencillamente no se paga con nada. Sostener con nuestros instrumentos cada baile y cada estampa, completamente en vivo, nos hacía latir el corazón a mil por hora.

​Queremos expresar un agradecimiento enorme y sincero a todas las personas que nos recibieron en Argentina. No sólo por abrirnos las puertas de sus escenarios, sino porque hicieron un esfuerzo enorme por mostrarnos la riqueza de su país. Nos llevaron a recorrer sus lugares más representativos, nos contaron su historia y nos hicieron sentir en casa. Estoy seguro de que este agradecimiento no nace solo de nosotros como mexicanos, sino de cada una de las delegaciones que tuvimos la fortuna de estar ahí. Ese gesto de generosidad y hermandad es algo realmente único y muy valioso.

​Hubo días intensos en los que el cansancio físico se hacía sentir en el cuerpo. Veníamos de jornadas largas, pero cada mañana al despertar el cansancio quedaba en segundo plano, nos levantábamos con el entusiasmo intacto para salir a darlo todo por nuestra cultura. Y cuando llegó el momento de la despedida, cuando supimos que era hora de abrazarnos por última vez, antes de que cada delegación regresara a su país a seguir luchando y haciendo lo que ama, el sentimiento fue desgarrador y a la vez hermoso. Hubiéramos querido que el tiempo se detuviera para no tener que decir adiós.

​Fue una experiencia única e indeleble, de esas que no ocurren a menudo en la vida. Nos quedamos con la satisfacción de haber entregado el alma en cada acorde y en cada escenario, y con el deseo profundo y la esperanza firme de que la vida y el arte nos vuelvan a juntar muy pronto en algún rincón del mundo.