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La gira a Argentina; una lección de vida

Karina Martínez Aguirre

Soy de una colonia humilde fundada por el Movimiento Antorchista en mi querido Durango. Crecí formándome desde muy chiquita en las escuelas donde el arte no es un lujo para unos cuantos, sino una oportunidad para todos los hijos de los trabajadores. Ahí, entre canchitas de tierra y salones sencillos, nos enseñaron a bailar, a cantar y a declamar. Gracias a esa semilla que sembraron en mí y a las oportunidades que Antorcha me dio, logré integrarme a los Grupos Culturales Nacionales y hoy, con lágrimas en los ojos de pura emoción, puedo decir que fui parte del grupo de jóvenes que atravesamos el continente para llevar nuestro arte y cultura hasta varias ciudades de Argentina.

Hoy regreso a casa con el cuerpo cansado, pero con el alma desbordada de gratitud y convicción. Más allá de lo hermoso que fue conocer sus calles, su gente y su tierra, me vuelvo con una certeza gigante: el arte que nace del pueblo no tiene fronteras. En cualquier rincón donde nos paremos, Antorcha demuestra que la sensibilidad, la lucha colectiva y la justicia social no son un sueño, son una realidad posible y alcanzable.

Poco se dice en los grandes medios de comunicación sobre lo que nuestra organización hace con nosotros, los hijos del pueblo. Somos hijos de obreros que se queman las manos trabajando, de amas de casa que se multiplican para las labores y de campesinos que le sacan su sustento a la tierra. Y de ahí, de esa raíz tan pura, Antorcha no forma artistas comunes, forma seres humanos conscientes y sensibles que se suben al escenario a dejar el alma entera. Aprendimos que el arte no es para presumir ni para vender un espectáculo vano; es una antorcha para encender conciencias, ver las miradas de la gente desde el escenario, saber que por un momento les robamos una sonrisa al cansancio acumulado de sus vidas y sentir que encendemos una chispita de esperanza en su pecho. De verdad, hace que cada gota de sudor valga la pena.

Llegar a las provincias argentinas, presentarnos en las escuelas y abrazar a los niños fue de lo más bonito. Ver sus caritas iluminadas, su energía inocente, verlos bailar y cantar con nosotros me tocó lo más profundo del alma. Nos encontramos con un pueblo argentino apasionado, que abraza fuerte y que siente con una intensidad que te eriza la piel. Cuando se acercaban a darnos las gracias con los ojos llorosos y nos regalaban un aplauso sincero, entendí que no fuimos a dar una función más: fuimos a hermanarnos y a construir un puente de solidaridad entre dos pueblos hermanos.

No les voy a mentir, fueron días de desgaste físico, cambios de horario, de comida, viajar miles de kilómetros y dar función tras función nos tenía agotados. A pesar de esto, era algo mágico: en cuanto la música empezaba a sonar, el cansancio desaparecía por completo.

A cada familia, a cada comunidad que nos abrió la puerta de su casa, que nos compartió un plato de comida y nos dio un abrazo fraterno: les queríamos decir ¡gracias infinitas! Me llevo una lección de vida que no se paga con nada. Y aunque cruzar fronteras y pisar escenarios internacionales es una experiencia hermosa, tengo algo muy presente: el objetivo de un artista antorchista jamás será buscar la fama, ni aplausos extranjeros, ni grandes teatros lujosos. Nuestro verdadero escenario, el más sagrado, son las colonias olvidadas, los pueblos y las comunidades más humildes. Pues de ahí venimos, ahí crecimos, ahí están nuestras familias, nuestros hermanos de clase y a ellos les pertenecemos. Llevar la belleza y el arte a los rincones donde habita nuestra propia gente es nuestro compromiso más sagrado y el fin más noble de nuestro trabajo

Sé perfectamente que esto no es un logro personal. Un individuo solo no es nada en este mundo; pues es en la colectividad donde nuestra fuerza se multiplica, se vuelve invencible y es donde lo imposible se hace realidad. Nada de esto se habría logrado sin el respaldo incondicional de toda nuestra organización y el esfuerzo incansable de cada compañero en los estados que se la juega día con día para sostener este trabajo.

Le debo a Antorcha lo que soy. Me formó, creyó en mí cuando la vida no me ofrecía mucho y me dio una razón para luchar junto a mis hermanos de clase. Es por eso que hoy firmo con el corazón en la mano mi compromiso: pongo cada gota de mi humilde talento al servicio absoluto de la lucha por la emancipación de los oprimidos. Porque estoy convencida de que eso, y sólo eso, es lo que hace a un verdadero artista revolucionario.

Me voy con nostalgia porque esta hermosa etapa se acaba, pero regreso a mi patria con el fuego encendido. Seguiremos sembrando la semilla desde nuestra trinchera, demostrando que la cultura transforma vidas y sabiendo que allá, en tierras argentinas, la huella de los Grupos Culturales Antorchistas se quedará marcada para siempre. (¡Sí, señor!, como nos gritaban los niños con esa alegría contagiosa).

¡Gracias por tanto amor, gracias por hacerme sentir en casa y gracias por enseñarme que la lucha y la cultura son un solo corazón!

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