Que cerca de 200 negocios hayan cerrado en el Centro Histórico de Puebla entre enero y julio, casi uno cada día y el doble que durante el mismo periodo de 2025, debería encender las alarmas.
Entre los giros afectados aparecen fondas, torterías, tiendas de ropa, calzado y pequeños establecimientos que durante años han atendido las necesidades cotidianas de quienes viven y trabajan en el primer cuadro de la ciudad.
Al mismo tiempo, crecen los negocios orientados al visitante: artesanías, talavera, dulces típicos y recuerdos. El propio Consejo de Comerciantes del Centro Histórico estima que, de continuar esta transformación, en dos décadas hasta siete de cada diez establecimientos podrían estar relacionados con el turismo. Y ahí aparece una pregunta indispensable: ¿para quién estamos construyendo el Centro Histórico?
El turismo genera empleos y derrama económica, pero una ciudad no puede convertirse únicamente en escaparate para quienes la visitan.
Un Centro Histórico vivo necesita turistas, sí, pero también vecinos, trabajadores, estudiantes y comercios populares capaces de permanecer en él.
Si las fondas y pequeños negocios desaparecen mientras avanzan establecimientos pensados exclusivamente para el visitante, Puebla corre el riesgo de tener un Centro cada vez más atractivo para fotografiar, pero cada vez menos habitable para los propios poblanos.

