El Mundial debería ser la mayor celebración del deporte y un espacio donde millones de personas, sin importar su nacionalidad, color de piel o cultura, compartan una misma pasión.
Sin embargo, los últimos días han demostrado que el racismo sigue ocupando un lugar en las tribunas, en las redes sociales e incluso en el discurso de algunos personajes públicos.
Los ataques racistas contra Kylian Mbappé por parte de la senadora paraguaya Celeste Amarilla y los gestos discriminatorios de aficionados durante el partido entre Argentina y Egipto son una muestra de que el futbol aún arrastra uno de los peores males de la sociedad.
No se trata de «calor del partido» ni de «pasión futbolera». El racismo no puede justificarse bajo ninguna circunstancia. La propia FIFA mantiene una política de tolerancia cero frente a la discriminación y abrió una investigación por los incidentes registrados en el encuentro entre Argentina y Egipto.
Organizaciones como la UNESCO y la FIFA han advertido que el deporte solo puede cumplir su función de unir a los pueblos si se combate de manera firme cualquier expresión de odio, mientras que el futbolista Vinícius Jr. y otros jugadores han convertido la lucha contra el racismo en una de las principales causas del futbol mundial.
Lo verdaderamente preocupante es que todavía existan quienes intenten minimizar o incluso justificar estas conductas.
El color de la piel nunca puede ser motivo de insulto ni de burla, venga de un aficionado, de un político o de cualquier figura pública.
Si el Mundial quiere ser una fiesta para el mundo, primero debe demostrar que en el futbol ya no hay lugar para el racismo.

