Durante años, bastaba una atajada imposible para que México volviera a creer. Bastaba ver a Guillermo Ochoa lanzarse de un poste a otro para recordar que el futbol también puede regalar héroes.
Se fue un grande.
Y se fue como se van los grandes: con un estadio de pie, con el reconocimiento de una afición que durante años lo criticó, lo convirtió en meme, lo culpó de derrotas que nunca fueron sólo suyas y que, al final, terminó rindiéndose ante una trayectoria irrepetible. Porque el «¿y si sí?» que inundó las redes sociales antes de verlo ingresar al Azteca terminó convirtiéndose en una despedida que pocos olvidarán. Su ingreso frente a Chequia y el homenaje recibido marcaron el cierre de una carrera histórica con la selección mexicana.
Memo Ochoa no sólo deja una colección de atajadas memorables. Deja una lección de permanencia. Sobrevivió a cambios generacionales, entrenadores, críticas feroces y a esa costumbre tan mexicana de derribar a nuestros ídolos antes de reconocerlos.
Pero mientras el futbol ofrecía una de sus imágenes más nobles, afuera del estadio y en las calles volvió a aparecer una escena menos digna.
Celebrar está bien. El futbol despierta emociones que pocas cosas consiguen. Lo que no puede normalizarse es confundir la alegría con el desorden. Tras el triunfo anterior de la Selección, las celebraciones en el Ángel de la Independencia y el Centro Histórico dejaron alrededor de 40 toneladas de basura, además de afectaciones en áreas verdes y espacios públicos.
Resulta paradójico que quienes salen a cantar «¡Viva México!» terminen dejando la ciudad como si no les perteneciera.
El espacio público también es patria.
En ese contexto, vale la pena recuperar la reflexión del narrador Christian Martinoli, quien cuestionó la incongruencia con la que el futbol internacional decide quién puede competir y quién no cuando hay conflictos armados.
Más allá de coincidir o no con su postura, recordó algo indispensable: los criterios deben ser coherentes, no selectivos.
Quizá esa palabra —congruencia— también sirva para nosotros.
La congruencia de reconocer a un futbolista cuando aún está en la cancha. La de celebrar sin destruir. La de llenar plazas de alegría, no de basura.
Porque Guillermo Ochoa deja la portería de la Selección con la frente en alto.
Ahora le toca a la afición demostrar que también sabe estar a la altura de la historia.

