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Los gobernantes y la apariencia del privilegio

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Los gobernantes y la apariencia del privilegio

La política suele ser cruel con las apariencias. A veces basta una fotografía, un rumor o una versión difundida en redes sociales para desatar una polémica. Pero también es cierto que quienes ejercen cargos públicos deben entender que su conducta, sus declaraciones y el estilo de vida que proyectan están sometidos al escrutinio permanente de la sociedad.

Eso es lo que ocurre hoy con el presidente municipal de Chignahuapan, Juan Rivera Trejo. El debate ya no gira únicamente en torno a si viajaba o no en una camioneta Cybertruck de Tesla. Tampoco se limita a la fiesta de su hija, la ropa de marca o los señalamientos sobre presuntos lujos. El fondo del asunto es otro: la distancia que puede llegar a percibir la ciudadanía entre sus gobernantes y la realidad cotidiana que enfrenta la mayoría de la población.

El alcalde ha negado poseer una Cybertruck y sostiene que los señalamientos forman parte de una campaña impulsada por adversarios políticos. Tiene razón en algo fundamental: toda acusación debe sustentarse con pruebas. En una democracia no basta el rumor para condenar a nadie. Sin evidencia verificable, cualquier señalamiento corre el riesgo de convertirse en simple guerra política.

Sin embargo, la discusión no termina ahí. La respuesta del propio edil dejó una frase que inevitablemente llamó la atención: aseguró que ni siquiera conduce porque cuenta con un chofer que lo traslada a sus actividades. Aunque no existe nada ilegal en ello, la declaración resulta poco afortunada en un contexto donde miles de habitantes enfrentan dificultades económicas, servicios públicos insuficientes y largas jornadas para trasladarse a sus trabajos.

La política no se trata únicamente de legalidad; también implica sensibilidad. Los gobernantes pueden tener derechos que les asisten como ciudadanos, pero están obligados a comprender el mensaje que envían sus actos y sus palabras. Cuando la población observa signos de comodidad, privilegio o distanciamiento, surgen dudas legítimas sobre si quienes gobiernan entienden realmente las condiciones en que vive la mayoría.

Al final, el problema no es una camioneta, una fiesta o un chofer. El verdadero problema aparece cuando los funcionarios olvidan que la confianza pública se construye con cercanía, modestia y ejemplo. 

En tiempos de creciente desconfianza hacia la clase política, la apariencia del privilegio puede resultar tan dañina como el privilegio mismo.

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