Enrique Pluma
El tiempo en los pueblos no se mide por los años del calendario, sino por los agravios que se quedan clavados en la memoria. En Ocoyucan ese quiebre tiene fecha: 1989. En esos días, el municipio era una mancha de polvo incomunicada, un rincón donde la CROM de los Camarillo mandaba como si fuera su rancho propio, cobijada por la miseria de la gente.
Esa tarde de elecciones, la democracia duró lo que tarda un cerillo en prender. Federico Olivos Merino, un hombre del pueblo que se había ganado a las comunidades a base de respeto, barrió en las urnas. El candidato oficial, Ezequiel Flores Colotl —un tipo que quería gobernar el municipio pero prefería vivir en Atlixco para no pisar el lodo—, sabía que había perdido. Pero en el 89 las leyes no eran como ahora; la impunidad se vestía de uniforme.
“El fraude no lo escondieron, nos lo restregaron en la cara”, cuenta Antonino Rodríguez Sánchez, reconstruyendo lo que los viejos de la zona le heredaron al llegar. “En la telesecundaria que usaban como presidencia municipal armaron el teatro. Los funcionarios recibían las casillas por la puerta de enfrente, y así como entraban, las sacaban por la puerta de atrás. Ahí en el patio ya tenían lista la lumbre. Urnas, boletas donde la gente había cruzado el nombre de don Federico… todo lo echaron al fuego. Quemaron las evidencias para que no quedara rastro de la derrota. Solo guardaron los papeles de Flores Colotl para respaldar su mentira”.
Con el humo de los votos flotando en el aire, la dignidad del pueblo no se apagó. Un puñado de hombres —don Rigoberto Varela, Federico Olivos, Víctor Varela, Macedonio Varela, Gorgonio, María Elena Cabrera, Emilio Colotl, Víctor Varela, Bulmaro Zacahua, Celerino Varela, Féliz Valera, Rodolfo Varela, José Varela, Irene Robles, Rámiro Varela, las famosas “Chonas” y otros más— agarraron camino hacia Tecomatlán. Iban a buscar al Movimiento Antorchista; necesitaban respaldo para no dejarse pisotear.
¿Hasta dónde están dispuestos a aguantar?
A finales de ese año, con 23 años a cuestas y los bolsillos limpios, Antonino llegó a Ocoyucan. El Movimiento Antorchista lo había mandado al frente. “Yo soy el primer activista aquí”, dice con orgullo legítimo. Llegó a un lugar donde no tenía parientes, ni amigos, ni un techo donde pasar la noche.
“Cuando uno llega a la lucha, no llega con comodidades”, recuerda Antonino, con la mirada puesta en aquellos días de juventud. “No conocíamos a nadie y no teníamos dónde vivir. Fueron los propios compañeros los que nos dieron hospedaje. Doña Isidra Cabrera nos abrió su puerta cuando más falta nos hacía; don Abel Cabrera nos acobijó en su casa. Esas son cosas que nosotros, los antorchistas, no olvidamos. El cemento y las obras se ven, pero la lealtad se queda en el corazón”.
El trabajo fue de hormiga. Antonino empezó a caminar de comunidad en comunidad, haciendo asambleas en las inspectorías y las juntas auxiliares. No iba a echar discursos políticos; iba a preguntarles de frente, mirándolos a los ojos: “¿Hasta dónde están dispuestos a aguantar para que se respeten sus votos?”
La respuesta fue un año entero de pleito limpio. Doce meses de mítines bajo el sol, de plantones en las banquetas de la Secretaría de Gobernación en Puebla, de marchas que le calaron los pies a la gente pero que no doblaron las ganas de exigir que se anulara el fraude y se repitieran las elecciones.
La tragedia que rompió el silencio
El cacicazgo, viéndose acorralado, sacó los dientes. El año de 1989 se fue entre balazos, amenazas, golpes y heridos. Pero el punto final de la tolerancia del pueblo llegó con una crueldad que todavía estruja el estómago.
Un niño de apenas 11 años andaba en la calle ganándose la vida, empujando su carrito de paletas. El comandante de la policía municipal de ese entonces, borracho de alcohol y de poder, lo topó en el camino. Supo de quién era hijo: el papá del chamaco era uno de los hombres que marchaban con Antorcha, uno de los que no se habían callado contra el ayuntamiento espurio. El policía sacó la pistola y le descargó el arma al niño. “Lo mató a tiros ahí mismo”, dijo Antonio.
Ese asesinato rompió el último dique. Sostener a Flores Colotl ya no era un capricho político, era una complicidad con los asesinos. La indignación fue tanta que el Gobierno del estado tuvo que doblar las manos. El ayuntamiento ya era insostenible.
En 1990 se repitieron las elecciones. Esta vez no hubo puertas traseras ni lumbre que valiera. El pueblo organizado cuidó las casillas y Federico Olivos Merino ganó de manera contundente. Así empezó la historia.
Cambiar el polvo por asfalto
“Yo me acuerdo bien de 1989. Esto estaba en el abandono total. No había ni una sola carretera de acceso al municipio”, dice Antonino. La marginación era la cárcel del pueblo: sin caminos, nadie entraba y nadie salía a reclamar. El único acceso era una brecha de tierra hacia San Antonio Cacalotepec.
En 1991, ya con el nuevo ayuntamiento respaldado por el Movimiento Antorchista, arrancó el trabajo pesado. Se abrió la carretera que va de Chipilo al zócalo de la cabecera. Después se aventaron la vía desde la cabecera hasta Chalchihuapan para salir a la federal, y la tercera fue la que conectó Atlixco con la comunidad de Portes Gil.
Detrás de las carreteras vino el drenaje, las redes eléctricas para apagar la oscuridad de las noches y el adoquinado en las calles, algo que en ese tiempo parecía un lujo inalcanzable. En la educación el salto fue el mismo: hoy el municipio tiene preescolares, primarias, secundarias y bachilleratos bien puestos. El desarrollo del que hoy presume Ocoyucan se levantó con las manos de los que antes no tenían derecho a nada.
El peligro de olvidar
Hoy han pasado 35 años. Ocoyucan ya no es la terracería que Antonino conoció cuando era un muchacho. Pero el progreso trae su propia trampa, y el activista lo sabe bien.
“Todo cambia. Yo llegué de 23 años y ahorita ya le ando pegando a los 60”, dice, soltando una sonrisa. “El problema es que ahora los jóvenes, no todos pero sí una parte, sienten que las cosas ya estaban resueltas, que las escuelas, las carreteras y el adoquín salieron de la nada. Desconocen que sus papás y sus abuelos sufrieron la violencia y el abandonó para arrancar este progreso”.
Por eso, para Antonino, celebrar estos 35 años no es solo para aplaudir lo que ya se hizo, sino para llamar al relevo generacional. “Hay muchos avances, es cierto, pero todavía falta. Por eso les pedimos a los jóvenes que se sumen a la lucha, a la causa. Quedan muchas cosas por superar. Yo miro atrás y me da orgullo ver que el papel del Movimiento Antorchista, que es organizar y educar a la gente humilde, se cumple. Ha valido la pena luchar en Antorcha”.

