El gobierno de Alejandro Armenta parece tener muy claras sus prioridades. Hay 100 millones de pesos para nuevas ciclovías, bicicletas públicas, tarjetas inteligentes y proyectos de movilidad que todavía existen más en presentaciones que en la vida cotidiana de los poblanos. Sin embargo, cuando se trata de resolver las necesidades de miles de estudiantes de escasos recursos, la respuesta sigue siendo la misma: diagnósticos, visitas, informes y ninguna solución. La contradicción resulta difícil de ignorar. Mientras se anuncian obras insignia para el futuro, jóvenes que representan el presente siguen durmiendo en colchones deteriorados, estudiando en escuelas con carencias y esperando que alguien atienda necesidades tan elementales como alimentación, mobiliario y espacios dignos para vivir y aprender.
Lo más revelador es que ya ni siquiera existe debate sobre la existencia del problema. El propio gobierno reconoció oficialmente las condiciones deplorables de las casas del estudiante: dormitorios dañados, instalaciones eléctricas deficientes, drenajes en mal estado, cocinas deterioradas y cientos de colchones inservibles. Lo documentó por escrito. Lo verificó con sus propios funcionarios. Y aun así no ha actuado. Ahí radica la parte más preocupante del asunto. Antes podía argumentarse desconocimiento; hoy existe reconocimiento institucional y persiste la indiferencia.
Puebla necesita movilidad moderna, nadie lo discute. Pero también necesita jóvenes que puedan estudiar en condiciones mínimas de dignidad. Miles de estudiantes siguen esperando respuestas a problemas que debieron resolverse desde ayer. Un estado que aspira a crecer no puede seguir destinando recursos a proyectos de relumbrón mientras deja en segundo plano a quienes serán sus futuros profesionistas, maestros, ingenieros y médicos. Las obras pueden inaugurar gobiernos; la educación es la que construye el futuro. Y hoy parece que esa diferencia se está perdiendo de vista.

