El transporte público en Puebla no está mal. Está reprobado. Ocho de cada diez poblanos se dicen inconformes con el servicio y el estado ya aparece como el segundo peor evaluado del país en percepción ciudadana. Rutas insuficientes, pocas corridas, tiempos interminables, operadores mal capacitados y unidades inseguras forman parte de la rutina diaria de miles de personas que no tienen otra opción para moverse. Apenas poco más del 20% de los usuarios se siente satisfecho. Es decir, prácticamente nadie.
Y en medio de ese escenario, el gobierno ya analiza aumentar la tarifa.
Ahí está el verdadero tamaño del problema político para Alejandro Armenta. Porque mientras el grupo en el poder parece más concentrado en mover aspirantes, repartir posiciones y preparar la antesala de 2027, los problemas cotidianos del estado siguen acumulándose. El transporte público es uno de ellos, y no es menor: es el espacio donde millones de poblanos miden todos los días la calidad real de un gobierno.
Porque al final, las elecciones no se ganan solo con bardas.
También se pierden cuando la gente pasa horas esperando una unidad, viaja con miedo o siente que el servicio empeora mientras le quieren cobrar más. Y eso debería preocuparle al armentismo. Mucho.
Porque quizá Alejandro Armenta no volverá a competir por este cargo, pero sus resultados sí van a competir por él. Y si las cosas siguen así, llegará un momento en que decir “soy candidato armentista” deje de sumar… y empiece a convertirse en un problema.

