En política detrás de cada desplome en aprobación suele haber un estado de ánimo social que ya venía cocinándose desde tiempo atrás. El caso del alcalde José Chedraui Budib empieza a entrar en esa categoría. Pasar de niveles de aceptación superiores al 50% a convertirse en el edil de capital peor evaluado del país es el síntoma de una administración que todavía no consigue transmitir autoridad, rumbo ni resultados en una ciudad particularmente compleja y políticamente exigente como Puebla.
La capital poblana vive hoy una combinación delicada: inseguridad creciente, deterioro urbano, molestia cotidiana por servicios públicos y un gobierno que parece más concentrado en sobrevivir a sus propias tensiones internas que en construir liderazgo.
Una cosa es la operación política y otra muy distinta la legitimidad pública. Morena ganó Puebla capital impulsado por la fuerza de una marca nacional, pero gobernar implica sostener esa credibilidad un día sí o otro también frente a una ciudad que no perdona la improvisación.
Lo más inquietante para el grupo gobernante es el momento en que ocurre este desgaste. Todavía no inicia formalmente la disputa por 2027 y ya aparecen señales de fatiga política dentro de la principal vitrina electoral del estado.
Cuando un gobierno comienza a perder el control de la narrativa tan temprano en su gestión, se escurre entre sus manos la posibilidad de reelegirse en el 2027 o pelear «un puesto más grande». Recuperar confianza ciudadana nunca depende de campañas de imagen: depende de resultados. Y hoy, al menos para una parte importante de Puebla, esos resultados siguen sin aparecer.
