La opacidad morenista

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Hay gobiernos que entienden la transparencia como una obligación democrática, y hay otros —como el que encabeza Alejandro Armenta— que parecen concebirla como un inconveniente administrativo que debe esquivarse con elegancia discursiva. 

La explicación oficial sobre el uso de helicópteros —ese “más del 90% para emergencias médicas”— suena impecable en el papel, casi humanitaria, si no fuera porque viene acompañada de un detalle incómodo: la decisión de ocultar la información durante cinco años. 

Porque en Puebla, al parecer, la mejor forma de demostrar que todo está bien… es no mostrar nada. 

La paradoja: se invoca la seguridad para reservar datos que no comprometen operativos en tiempo real, sino simples registros de vuelos ya realizados, es decir, lo mínimo indispensable para cualquier ejercicio de rendición de cuentas.

El problema de fondo no es el helicóptero, ni siquiera el destino del viaje, sino el patrón que empieza a dibujarse: silencio, reserva, evasión. 

Cuando no hay partidas claras para los gastos, cuando se deja de rastrear públicamente el uso de aeronaves tras cuestionamientos, cuando la respuesta a la duda es el cierre de la información, lo que se construye es sospecha. 

En la política, la sospecha es el primer síntoma de desgaste. 

Puebla no necesita explicaciones adornadas, necesita datos verificables; no requiere discursos defensivos, sino instituciones abiertas. 

Gobernar no es administrar secretos, sino responderle a una ciudadanía que —aunque incomode—, tiene derecho a saber en qué, cómo y para qué se usan los recursos públicos.