El diagnóstico es contundente: la educación en Puebla —y en buena parte del país— sigue siendo una deuda histórica que el Estado no ha querido saldar.
Mientras el discurso oficial presume avances, la realidad documenta escuelas sin maestros, planteles sin servicios básicos y comunidades enteras donde aprender es un acto de supervivencia.
Que existan decenas de escuelas sin un solo docente y cientos sin electricidad es una muestra clara del abandono institucional, mismo que condena a miles de niños y jóvenes a una formación deplorable.
En ese contexto, la movilización de maestros y estudiantes organizados ademas de legítima, es necesaria.
Son ellos quienes, ante la inacción gubernamental, han puesto sobre la mesa las carencias reales del sistema educativo y han insistido en soluciones concretas.
La educación no puede seguir siendo tratada como un tema secundario ni como discurso de ocasión: es el cimiento del desarrollo nacional.
Si no se atiende con seriedad, con inversión y con voluntad política, México seguirá reproduciendo desigualdades desde las aulas, perpetuando un modelo donde estudiar depende más de la suerte que del derecho.

