Icono del sitio Contigo Puebla

ENTREVISTA | El comercio en la Espartaqueada: un remanso de seguridad y fraternidad

Silvanna Mortera

Mientras los nadadores surcan las aguas de la alberca semiolímpica y los voleibolistas se elevan en la cancha, en los alrededores de la unidad deportiva de Tecomatlán ocurre otro fenómeno digno de ser contado: decenas de comerciantes, avecindados de distintos puntos de la región, han encontrado en la Espartaqueada Nacional del Movimiento Antorchista un espacio de tranquilidad en medio de la vorágine que suele significar la venta en eventos masivos.

Para adentrarnos en esta realidad, conversamos con tres generaciones de vendedores que, con la voz curtida por los años y el oficio, nos compartieron sus impresiones sobre lo que significa instalar sus puestos en una justa deportiva que, para ellos, es sinónimo de orden y hermandad.

Aquiles Velázquez de Jesús: el sabor de la tradición familiar

Con una sonrisa que delata años de experiencia a pesar de su juventud, Aquiles Velázquez de Jesús atiende su puesto de raspados; su historia es la de un linaje que se remonta a sus abuelos, quienes iniciaron este negocio y lo transmitieron como herencia a las siguientes generaciones: «Nosotros, toda la familia, nos dedicamos a vender raspados», explica con orgullo.

Originario de Tecomatlán, Aquiles conoce bien las ferias y eventos de la región, pero regresa a Tecomatlán cada que el Movimiento Antorchista convoca a sus filas: «yo generalmente vendo en Piaxtla, pero cuando viene la feria de Antorcha, me regreso una semana a vender aquí», comenta, mientras prepara un vaso con hielo finamente picado.

Para él, la diferencia entre vender en otros espacios y hacerlo en Tecomatlán es abismal: “Las personas bajan más para aquí, baja mucha gente y hay buena venta. Por eso venimos», señala. Y es que, para su economía, estos días son vitales: «Si no vendo, no como. Es así de sencillo», sentencia con una honestidad que desarma.

Pero Aquiles no solo vive del raspado, cuando el calor cede, se transforma en músico y sale a tocar. Sin embargo, en esta época, su lugar está aquí, entre el hielo y los jarabes, viendo pasar a los deportistas y sus familias: «Disfrutamos del partido, del ambiente que hay de la Antorcha», concluye, antes de despachar a otro cliente.

Lidia Velázquez: la novata que encontró un hogar

A unos metros, Lidia Velázquez atiende su puesto de aguas frescas con la timidez de quien recién se estrena en estas lides: «Solamente hemos venido por primera vez, una semana», confiesa. Pero su elección no fue casual: «Se nos hace emocionante porque hay mucha gente», dice con sencillez.

Para Lidia, la experiencia ha sido grata, pues no ha tenido problemas y, además de vender, ha podido disfrutar de las competencias: «Disfrutamos de las personas que nos vienen a comprar y también disfrutamos al ver los deportes», comparte.

Juan Carlos Aguilar Capitanachi: tres generaciones entre camotes y dulces típicos

La historia de Juan Carlos Aguilar Capitanachi, de apenas 18 años, es la de un joven que ha crecido entre cajas de camotes y el bullicio de la venta ambulante: «Nosotros vendemos dulces típicos, principalmente camotes, desde hace aproximadamente 16 o 17 años. De hecho, mi mamá fue la que empezó, bueno, mi abuela, han estado desde hace como 25 años», relata con la precisión de quien lleva el oficio en la sangre.

Su infancia estuvo marcada por el comercio: «Desde que tengo memoria hemos vendido. Cuando yo estaba niño, ayudaba en lo que se podía: en cargar los camotes o la caja de dulces. Lo que yo hacía era vender de a cajitas entre la gente. Como era niño y tenía esa pequeña habilidad para vender, se me facilitaba. Era de gran ayuda para mis padres», evoca con una mirada nostálgica y enternecida.

Hoy, con 18 años y estudiando la universidad, la perspectiva ha cambiado: «Ahorita lo veo un poquito más pesado. Antes, como niño, lo veías como juego, de que la gente desconocida te chulea. Pero ahorita, de más grande, sí se siente la responsabilidad. Ya ves lo que es pagar una renta, el agua, la universidad. Ya me puedo poner en los zapatos de mis padres», reflexiona.

La diferencia de vender en Antorcha: seguridad, orden y fraternidad

Juan Carlos conoce bien las vicisitudes de vender en otros espacios, su experiencia en el Estadio Cuauhtémoc es el contraste perfecto para entender por qué valora tanto los eventos de Antorcha: «En el Estadio Cuauhtémoc es muy raro que tengamos puestos. Como son eventos rápidos, lo que hacemos es agarrar un costal y vender entre la gente. Es mucho, mucho más difícil. Aparte de tener que gritar, tienes que cargar las maletas, los costales, las cajas. Tienes que hacer dos cosas a la vez, porque la gente se te amontona y todo lo quiere rápido», describe con una mezcla de cansancio y resignación.

En contraste, vender en Tecomatlán es, para él, un remanso de paz: «Aquí es más fácil porque el puesto ya está garantizado por así decirlo. Lo único que tienes que hacer es cobrar, dar cambio, dar precios y estás paradito. El dinero no se te cae. En el tema de seguridad, también lo veo más seguro. Aquí la gente te conoce, estás junto a otros vendedores, ya te reconocen. Si tú tienes que hacer algo, le dices a tu compañero: ‘Oye, ¿me lo cuidas?’ Y te lo cuidan, y viceversa. No pasa nada», explica.

Esa fraternidad entre comerciantes es uno de los aspectos que más valora: «Allá, en el estadio, hay gente muy tóxica. Si no vendes lo mismo que esa persona, ya te están diciendo: ‘¿Por qué te pones aquí? ¿Qué vendes? ¿Quién te dio permiso?’ Y te corren nada más porque no les gusta que estés ahí», denuncia.

Un llamado a cambiar la mentalidad

Juan Carlos y su familia han seguido los eventos de Antorcha durante años, y la impresión que guardan es invariablemente positiva: «La neta, a mí me gusta. Como que sí nos dan nuestro lugar, como que nos respetan, son más amables. Si nosotros respetamos las reglas, no nos molestan para nada, siempre y cuando sigamos ese orden. Nunca hemos tenido problemas. Es uno de los eventos a los que les tenemos mucha fe para vender, porque sí son buenos compradores», asegura.

Por ello, su mensaje para aquellos comerciantes que aún no se han acercado a los eventos del Movimiento Antorchista es contundente: «Que cambien su mentalidad. Por culpa de otras organizaciones, están muy estereotipadas todas de que son muy violentas. Pero fíjate que en Antorcha no. He visto muchos apoyos de parte de esta organización. No son violentos como otras. Son personas normales, que viven su vida normal y solo son parte de una organización que les ayuda. Está muy bien».

Salir de la versión móvil