Silvanna Mortera
El sol abrasa esta mañana en Tecomatlán, pero el agua fresca de la alberca semiolímpica recibe a los nadadores y sus familias con un abrazo que restaura el aliento. En sus carriles, los deportistas michoacanos han llegado a desgajarse el alma en cada brazada, mas fuera del agua lo que resplandece con luz propia es el espíritu de familia, la disciplina forjada a pulso entre sacrificios y el agradecimiento por hallar un espacio que ofrece un ambiente sano y apacible.
Para adentrarnos en esta historia, conversamos con Diana Isabel Rocha Jiménez, joven promesa de la natación; con Mariana Vargas Vázquez, otra talentosa nadadora; y con Elizabeth Marin Gaona, madre de familia cuyo orgullo la desborda y testigo del poder transformador del deporte.
Una vida dentro del agua
Diana Isabel Rocha Jiménez tiene 18 años, está por cumplir 19, y si algo la define es su amor por la natación, un romance que comenzó cuando apenas tenía 3: “Practico natación desde los 3 años”, dice con la naturalidad de quien ha crecido entre clavados y vueltas de pecho.
Su trayectoria habla por sí sola: ha competido en Monterrey, Veracruz, Guadalajara, Querétaro. Participó en dos ocasiones en los juegos nacionales CONADE y su más reciente reto fue el nacional de curso corto en Monterrey. Pronto la espera un selectivo de aguas abiertas en Veracruz. Sin embargo, a pesar de tanto andar, Tecomatlán le tenía guardada una sorpresa: “La verdad no tenía muchas expectativas, porque sí me dijeron que era como un pueblito. Llegué aquí y me gustó, porque el ambiente está padre y aparte la alberca estaba fría y me encantó”, recuerda con una sonrisa. Esa primera experiencia, cuando tenía 13 años, la marcó tanto que cuando le dijeron “vamos otra vez”, no lo dudó.
“El ambiente se siente como una competencia sana, no se siente un ambiente tóxico», asegura. Y en cuanto al nivel, reconoce que ha ido creciendo: “Cuando vine la primera vez estaba un poco más bajo, pero ahorita ya lo siento más fuerte. Las Espartaqueadas han ido elevando el nivel”.
La mirada de una madre
Elizabeth Marin Gaona llegó desde Morelia, Michoacán, acompañando a su pequeña Sofía Nicole, de 11 años, quien nada desde los dos. Su testimonio es un reconocimiento al método educativo antorchista: “Sofía empezó en diferentes escuelas, pero cuando alcanzó un nivel más avanzado, nos recomendaron pasarla a una alberca semiolímpica. Llegamos al club de Antorcha en Morelia y desde ahí la niña empezó a despegar”, relata con emoción contenida.
Para ella, la gran diferencia no está solo en el agua: “Allá, una de las reglas es que los niños vayan bien en calificaciones. Les piden que cumplan en la escuela, independientemente de sus tiempos de entrenamiento. Eso les ayuda mucho a desestresarse y a formarse integralmente”.
Su asombro comenzó desde el momento de llegar a Tecomatlán: “Nos quedamos sorprendidos. Dijimos: guau, guau. Es el pueblo de la Antorcha. Las instalaciones están preciosas. En Michoacán también tenemos buenas instalaciones, pero aquí nos quedamos muy sorprendidos. Me gustaría que este proyecto se impulsara en todo México, así como está aquí”.
Elizabeth no duda en calificar la labor del Movimiento Antorchista como «una excelente calidad y trabajo». Y explica por qué: «Están impulsando el deporte, que es fundamental para evitar que los jóvenes caigan en drogas o dejen la escuela. Aquí los niños aprenden a ser competitivos, pero también a formarse como seres humanos».
Sobre el ambiente de la competencia, su experiencia ha sido inmejorable: «Hemos tenido un excelente recibimiento por parte de los anfitriones. Nos dieron de desayunar desde que llegamos al hotel, a los niños los han atendido súper bien con su comida y sus snacks. Es un ambiente muy sano y emocionante ver a tantos niños con tanta preparación».
Su llamado a otros padres es: «Les recomendaría que a sus hijos los metan a un lugar donde les den deporte, pero que dependan de Antorcha, porque traen muy buen nivel en todos los sentidos. Es un gran esfuerzo de papás y niños, pero en base a los resultados, los niños se impulsan a ser competitivos y a formarse más. Independientemente de que les enseñen excelentemente a nadar, eso los hace crecer mucho como seres humanos».
Una joven que encuentra su lugar
Mariana Vargas Vázquez, también de Morelia, encontró en la natación un espacio de libertad: «Me gusta la adrenalina que siento al subirme al banco de salida. Eso hace que libere muchas emociones. El ambiente en las competencias es muy bueno, todas las personas aquí son muy buenas. Puedo ser yo misma en la natación».
Con cuatro años de experiencia compitiendo, ha participado en el nacional de curso corto en Monterrey, el regional en Querétaro, el curso largo en Tijuana, entre otras. Pero Tecomatlán —admite—, superó sus expectativas: “Nunca había visitado este lugar, es muy bonito. La alberca está bonita, el ambiente muy bueno. Todos son muy unidos. Pensé que iba a ser algo X, pero sí, la verdad se me cerraron la boca”, confiesa entre risas.
Apenas llegaron la noche anterior, pero ya percibe la tranquilidad del municipio: “Es un evento muy padre, especial. Que se den una vueltecita, que se den el tiempo de venir a competir, porque es algo muy bonito, son experiencias que se ganan aquí”.
Una competencia que construye comunidad
Las voces de Diana, Elizabeth y Mariana coinciden en algo: Tecomatlán no es apenas un pueblo con instalaciones deportivas. Es un lugar seguro, alegre, donde la competencia es limpia y el trato, familiar. Donde a los niños se les exige ser mejores en el agua, pero también en la escuela y los resultados de este modelo se reflejan en su vida. Aquí, los sueños se mantienen a flote con esfuerzo organizado, disciplina y la convicción de que el deporte puede, efectivamente, abonar a la construcción de un mundo mejor.
