Silvanna Mortera
Llegaron desde Tlapa, una de las regiones con mayores índices de pobreza y violencia en Guerrero, pero en la duela, no conocen la derrota. El equipo femenil de basquetbol categoría Juvenil A (2006-2009) representa a su estado con una contundencia que ya es voz popular en la XXII Espartaqueada Deportiva Nacional: partido que juegan, partido que ganan.
Detrás de cada canasta hay una historia de esfuerzo y también una familia que viaja entera para acompañarlas. Ana Berta Cano de los Santos es madre de familia y, además, la transmisora oficial del equipo. Llegó con su esposo, su hijo pequeño y su hija Daira, una de las jugadoras. Apenas pisaron Tecomatlán, su percepción cambió por completo: “Pues como su nombre lo dice, Espartaqueadas, pensé que sólo serían muchos deportes. Pero me encontré con un lugar muy bonito, sobre todo muy tranquilo”, comparte Ana Berta mientras observa la unidad deportiva. “Caminas con tranquilidad, todo muy ordenadito. El trato es muy amable, a donde vamos a comer nos tratan bien. Allá en Guerrero acostumbramos mucha tortilla y a veces pedimos de más, pero aquí sí nos la dan”.
Lo dice con una naturalidad que contrasta con la realidad de su estado. Tlapa, cabecera de la Montaña de Guerrero, enfrenta día a día problemas de inseguridad y carencias. Por eso, cuando su hija salió lesionada durante un partido, Ana Berta y su familia hicieron algo que habla de su respeto por el deporte: se mantuvieron al margen, dejaron trabajar al entrenador y a los paramédicos, saben que en la cancha, las reglas las ponen ellos.
“Mi esposo y mi hijo se entretuvieron mucho con el beisbol ayer en el partido de Veracruz contra Guanajuato, estuvieron más de dos horas viendo. Yo ando recorriendo, viendo de todo”, cuenta. “Hay mucho nivel, muy buen talento en todas las deportistas. Vienen de Sinaloa, de otros estados, y se permite ver la competencia entre todos”.
Transmitir para acercar a los que no pueden venir
Lo que hace especial a Ana Berta es su labor silenciosa… desde Tlapa, ella y su familia manejan la página «Partidos en Vivo Básquet Tlapa«, donde transmiten los partidos de la liga local. Al llegar a Tecomatlán, no dudaron en hacer lo mismo.
“Varias jugadoras vinieron sin sus papás. Sirve de que sus papás las ven jugar, las ven cómo están participando aquí. No pudieron venir por diferentes cuestiones, y así pueden verlas”, explica con sencillez.
En una región donde el desplazamiento es costoso y a veces riesgoso, su celular y su página se convierten en un puente. Los padres que se quedaron en Guerrero pueden ver a sus hijas competir invictas, lejos de casa, pero cerca gracias a la transmisión.
Un pueblo que sorprende
Para las jugadoras, la experiencia también es reveladora. Algunas ya conocían Tecomatlán de ediciones anteriores y notan el crecimiento. “Ha crecido demasiado, sus canchas están mejores, mejores condiciones, el trato es muy agradable”, comenta una de las experimentadas.
Pero quienes vienen por primera vez se llevan la mayor impresión: “Yo pensé que iba a ser un partido normal con poca gente”, confiesa una joven. “No me imaginé que estaría muy amplio, muchas canchas, muchos comerciantes la verdad”. Otra asiente: “Yo ni me lo imaginaba, igual creí que sería un partido normal, pero ya vimos que no”.
El sol inclemente de la mixteca las recibe cada mañana, pero ninguna se queja, pues aquí, en uno de los municipios más pequeños de Puebla, están escribiendo una página memorable en su historia deportiva.
El esfuerzo que hace posible lo imposible
Que más de mil deportistas, entrenadores, paramédicos y personal de apoyo puedan hospedarse, comer y transportarse gratuitamente no es casualidad, es el resultado de un esfuerzo colectivo impulsado por el Movimiento Antorchista, que a través de colectas, rifas y trabajo económico solventa los costos de un evento de esta magnitud.
En un país donde el deporte suele ser privilegio de quienes pueden pagarlo, la Espartaqueada demuestra que otra forma es posible. Y equipos como el de Guerrero, que vienen de una de las zonas más golpeadas por la violencia y la pobreza, encuentran aquí un espacio donde pueden competir, ganar y, sobre todo, sentirse seguros.
Mientras Ana Berta enfoca su celular para transmitir un partido más, su hija Daira sale de la cancha y es relevada por otra de sus compañeras; en la tribuna, su familia completa la mira orgullosa, sabiendo que en este rincón de la mixteca, el básquetbol les ha compartido un poco de tranquilidad.

