CRÓNICA | Desgarrando el aire

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“Oh jóvenes, mas combatid unos junto a otros estándoos, 
  y la infamante fuga no comencéis, ni el miedo;
mas en el pecho haceos grande e intrépida el alma y no améis 
    vuestras vidas, luchando con los hombres.

«Tirteo».

Esta mañana nos recibe el arco gigante que marca la entrada a Tecomatlán. Bajarme y caminar bajo un sol que hendía la tierra con su lumbre —a más de treinta grados, mientras la sal del sudor comenzaba a posesionarse de mi ropa— fue, al cabo, la mejor manera de llegar. 

Lo primero que hallé fueron camiones. Decenas de ellos estacionados a lo largo de la entrada, en las escuelas, en la Casa de la Cultura, en las explanadas. Autobuses venidos de todos los estados, camionetas, combis, vehículos de toda laya. Tecomatlán estaba asediado por la juventud. Y en medio de ese caos, me topé con los jóvenes antorchistas de Jalisco, que aguardaban un segundo camión con más deportistas de su estado. Nos saludamos con ese abrazo que no necesita presentaciones, ese que dice: hermano, aquí andamos, en la misma lucha.

Seguí caminando y entonces, como un fogonazo de alegría, me recibió el contingente de Veracruz. Mi tierra: auténtica, alegre, ruidosa. Y venían con todo: bailarinas del Carnaval, banda, decenas de deportistas con esa energía jarocha que no admite fingimiento.

A lo largo del camino, los contingentes se sucedían como un río de colores: cada estado con su identidad, con su orgullo. Hubo uno que me hizo sonreír: Tlaxcala. En la espalda de sus uniformes, en lugar del nombre del estado, pusieron: “Sí existe”. Esa broma nacional de que Tlaxcala no existe ellos la tornaron en humor y, uno, al leer eso, sabía inmediatamente a quiénes pertenecía aquella ocurrencia.

Después vino Puebla, el contingente más grande —lo sabría después— con más de 500 deportistas. Uniformes rojos pasión, impecables, ataviados con esmero. Pasaron con una fuerza que hacía retumbar el suelo. Y en cada uno de esos contingentes, grandes o pequeños, se veía el esfuerzo. Porque todos los estados, sin excepción, conquistaron lo imposible para traer a sus muchachos: semanas enteras de rifas, de colectas populares, de ventas para costear uniformes, para sufragar el transporte, para que ninguno se quedara en el camino.

El esfuerzo no paró ahí.

Al acercarme a la Plaza de Toros La Antorcha, el paisaje cambió. Ya no sólo eran deportistas: eran comercios de todo el país. El pintoresco puesto de mariscos de Sinaloa, los antojitos de Atlixco, los tacos de cecina de Morelos, el colorido puesto oaxaqueño con sus tlayudas. Todos vendiendo, todos generando, todos haciendo patria desde lo más simple. Y uno caminaba entre ellos y escuchaba: ¿Agua, corazón? ¿De Jamaica, de limón? ¿Medio litro, un litro? Y te sentías cobijado. Porque eso es Antorcha: una familia que te recibe, te cuida, te convida, no importa el lugar que sea.

Entre todo eso, los niños.

El Plenito Infantil de Tecomatlán pululaba por doquier. Infantes de todas las edades, disciplinados sin perder la alegría, respetuosos, de mirada viva. Vendiendo pequeños objetos, apoyándose mutuamente, cuidándose con ternura. Verlos me conmueve de un modo que las palabras apenas pueden describir. 

Finalmente, entré a la plaza.

Llena. Totalmente llena. La gente no cabía: se sentaban en las escaleras, en los costados del escenario, donde hubiera un espacio. Más de 15 mil personas, dijeron después. Pero en el momento eran solo una marea de colores y banderas de diferentes estados. Todos atentos, porque iba a hablar Aquiles Córdova Morán, líder nacional del Movimiento Antorchista.

No voy a repetir su discurso entero, pero hay una frase en particular que se me clavó en el alma. Dijo, después de ver desfilar a los jóvenes: «Así tienen que desfilar todos… desgarrando el aire por el orgullo de ser un deportista joven y valoroso».

Eso hacían los jóvenes mientras él hablaba. Eso hicieron cuando después de su mensaje la Selección Mexicana de Gimnasia Rítmica salió a la plaza con música mexicana y sus listones dibujaron figuras en el aire. Eso hacen los niños del Plenito cuando bailan. Eso hacemos todos cuando nos organizamos. Desgarrar el aire de un mundo que quiere vernos sumisos, adictos, derrotados.

Porque mientras nosotros desgarramos el aire aquí, en Medio Oriente los bombardeos no cesan. En Gaza han muerto decenas de miles, muchos de ellos niños que nunca conocerán una cancha deportiva. En Cuba los jóvenes estudian con apagones de veinte horas, resistiendo el bloqueo más largo de la historia. En Venezuela, en Haití, en el Congo, millones de muchachos ven cómo la violencia o la pobreza les cierran todas las puertas. En Irán, en medio de amenazas de guerra, los jóvenes no saben si al despertar seguirán en pie sus casas.

El Maestro Aquiles lo dijo claro: el mundo está al borde de una tercera guerra mundial. Y en esa guerra, la batalla más peligrosa no es la de los misiles, es la que busca dominar la mente de los jóvenes con las drogas, el celular y la manipulación. El Maestro dejó caer una frase que me quedó dando vueltas. Les dijo a los tecomatecos, a los locales, que salieran tranquilos, que no tuvieran miedo, que nadie se iba a contagiar de antorchismo por estar cerca de nosotros. Porque el antorchismo —dijo— no se respira en el aire, no se pega por accidente. El antorchismo se contagia por la mente, por las ideas, por el convencimiento. Y eso, añadió con esa media sonrisa que se le escapa cuando va a revelar una verdad inapelable, como dice la muchachada que lo escuchaba con fervor, es mucho más difícil de contagiar. 

Y yo miraba a los muchachos en las gradas, escuchando, gritando consignas, cantando con los Grupos Culturales Nacionales, y pensaba: ojalá los jóvenes de Gaza pudieran ver esto. Ojalá los de Cuba, los de Venezuela, los de Haití, pudieran sentarse un momento en estas gradas y recordar que otra realidad es posible.

Cuando el evento terminó, me quedé un rato más viendo a la gente. Vi a las niñas de Michoacán competir en baloncesto contra las niñas de Oaxaca. Vi a las familias caminar tranquilas por las calles, comiendo un elote, comprando un recuerdo. Vi a los periodistas de todos los estados —Coahuila, Ciudad de México, Veracruz, Tlaxcala, Puebla— haciendo su trabajo, documentando esto que es tan difícil de explicar con palabras.

Y pensé en lo que esto cuesta. No solo en dinero —que cuesta, y mucho— sino en voluntad. En organización. En madres que atravesaron el país durante días para ver a sus hijos competir. En maestros que dedicaron años y meses a entrenar a sus alumnos. En activistas que organizaron rifas, vendimias, colectas. En un pueblo entero, Tecomatlán, que abre sus puertas y recibe con hospitalidad a miles de desconocidos que se vuelven familia.

No sabemos cuándo el imperio estadounidense volteará a vernos. No sabemos cuándo podríamos estar como Irán, como Venezuela, como Cuba: sojuzgados, bloqueados, invadidos. Pero mientras tanto, nos toca valorar lo que tenemos. Nos toca apoyar a esos pueblos oprimidos, sí, con nuestra voz, con nuestra solidaridad. Y nos toca también cuidar esto: este proyecto de Antorcha que hace posible que miles de jóvenes desgarren el aire con su alegría, con su esfuerzo, con su dignidad.

Al caer la noche, mientras las palabras del maestro Aquiles resonaban aún en mi memoria —Vengan a las Espartaqueadas con alegría y con disposición a entender el espíritu fraterno, educativo y revolucionario de este evento—, recordé unos versos de una poeta hondureña, Jessica Isla:

Soy miles de sombreros y
ciento de palabras,
soy abrazos, lágrimas,
ternura, carcajadas.
Estoy llena de
sonrisas que iluminan el día,
colores que vienen de todas partes,
tengo alegría,
tengo esperanza.
Porque sin mí las calles
se quedarían solas,
porque sin mí las paredes no dirían nada,
porque soy tus manos, tus pies cansados,
tu voz.
Yo soy la resistencia.

Entonces comprendí que esos versos, nacidos en otra tierra y para otra batalla, también nos nombraban. Porque la resistencia tiene muchos rostros y lenguas; desgarrar el aire es, al fin y al cabo, la única forma de respirar cuando el mundo entero conspira para asfixiarte. Y mientras haya jóvenes dispuestos a hacerlo, mientras haya madres que viajen días para verlos competir, mientras haya pueblos enteros que abran sus puertas a los desconocidos, mientras haya versos que nos recuerden quiénes somos…

Los antorchistas somos la resistencia y retamos al mundo.