El campo en México, en el olvido

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Por Enrique Pluma 

Una vez más, el campesino mexicano ha tenido que dejar el surco, abandonar sus milpas y enfrentar el polvo de las carreteras para exigir lo que el gobierno y las clases poderosas le han negado desde hace décadas: un precio justo para sus cosechas y una vida digna para su familia.

Durante los últimos días, miles de productores se manifestaron en distintos puntos del país. Bloquearon carreteras, tomaron casetas y alzaron la voz frente a la indiferencia de quienes, desde la comodidad de sus oficinas, se llenan la boca hablando de soberanía alimentaria mientras el campo se muere de hambre.

Los campesinos no piden limosnas, piden justicia. Reclaman que el maíz, ese grano sagrado que alimenta a millones, tenga un valor que cubra los costos de producción. Piden créditos accesibles, seguros reales y programas que beneficien al pequeño productor, no a los grandes agroindustriales que ya acaparan todo. Sin embargo, la respuesta del gobierno ha sido la de siempre: paliativos, promesas vacías y discursos llenos de buenas intenciones. Les ofrecen unos cuantos pesos de apoyo por tonelada, créditos con intereses disfrazados de “ayuda” y seguros que jamás se pagan cuando llega la desgracia.

Pero la raíz del problema va más allá del precio del maíz. El abandono del campo es una herida abierta que sangra desde hace muchos años. Desde que México abrió sus puertas al mercado extranjero y entregó su soberanía económica, el campesino quedó a la deriva. Las importaciones de granos aumentaron, los precios se desplomaron y los programas de apoyo se fueron reduciendo hasta casi desaparecer. Hoy, mientras las grandes empresas controlan la producción, distribución y venta de alimentos, el pequeño productor apenas sobrevive.

A esta tragedia se suma otro mal que carcome al país entero: la inseguridad. En los pueblos ya no sólo se teme a las malas cosechas, sino también al crimen organizado, que extorsiona, roba y asesina impunemente. 

La inseguridad es apenas uno de los rostros del deterioro nacional. México sufre una crisis: falta de empleos bien pagados, hospitales sin medicinas, escuelas sin maestros ni infraestructura, y millones de jóvenes que crecen sin esperanza. Mientras tanto, los poderosos viven en el lujo, blindados por un sistema que los protege y que se alimenta del trabajo de la gente humilde.

No es casualidad que todos estos males: la pobreza, la violencia y la desigualdad estén conectados. Son frutos del mismo árbol podrido: un sistema económico que concentra la riqueza en pocas manos y condena a la mayoría a sobrevivir con migajas. Un sistema que prioriza la ganancia sobre la vida, el lucro sobre la justicia, y el individualismo sobre la solidaridad.

Por eso, las movilizaciones recientes del campo no son simples reclamos. Son un grito de protesta contra un modelo que ha fracasado. Son la voz de un pueblo que empieza a despertar y a darse cuenta de que nada cambiará si no cambia el sistema mismo. Porque el problema no es sólo quién gobierna, sino para quién se gobierna. Y en México, desde hace mucho tiempo, se gobierna para los ricos, no para el pueblo trabajador.

El futuro del país no se resolverá con programas temporales ni con discursos de buena voluntad. Se resolverá únicamente cuando el pueblo se organice, cuando los campesinos, obreros, estudiantes y amas de casa unan su fuerza para construir una nueva nación, basada en la justicia, la igualdad y el trabajo colectivo.

El Movimiento Antorchista lo ha dicho una y otra vez: mientras el pueblo permanezca dividido y desorganizado, seguirá siendo débil. Pero si se une, si toma conciencia de su poder y de su papel histórico, será invencible. 

El campo mexicano no necesita compasión, necesita justicia. No necesita promesas, necesita poder. Poder para decidir sobre su tierra, sobre sus precios, sobre su destino. Y ese poder sólo lo obtendrá cuando el pueblo se organice y luche, no sólo por un mejor precio del maíz, sino por un país nuevo, libre y verdaderamente del pueblo.

Porque mientras no se cambie el sistema económico que nos explota, los males de México seguirán creciendo como la mala hierba. Pero si el pueblo se levanta, si se organiza y lucha con conciencia, entonces sí, el campo florecerá de nuevo, y con él florecerá toda la patria.