Por Abdiel Misael López Rivera
Este 23 de septiembre, frente al Palacio Nacional, cientos de estudiantes de la FNERRR se manifestaron pacíficamente para denunciar las agresiones sufridas en Oaxaca: despojo de albergues, violencia armada y abandono institucional. Buscaban diálogo, justicia y protección.
¿Qué fue lo que recibieron? Una represión injustificada por aquellos que se supone “sirven al pueblo”. Sin más fueron encapsulados, empujados y agredidos por granaderos, ese cuerpo que —según el discurso oficial— fue eliminado por las demandas del movimiento estudiantil de 1968. Aquella batalla en la que millones de jóvenes se enfrentaron ante un sistema incapaz por resolver y en la que cientos de estos dieron la vida, eso que tanto les costó alcanzar fue violentado y su causa fue mancillada por este nuevo PRI.
La ironía es brutal, los mismos jóvenes que exigían respeto a sus derechos fueron silenciados por el aparato que se suponía extinto. No fue hace mucho que la propia presidenta Claudia Sheinbaum proclamó que en su gobierno no habría cuerpos represivos, que los granaderos eran cosa del pasado, que la transformación implicaba escuchar al pueblo, pero los hechos contradicen el discurso. Lo que ocurrió ayer no fue un accidente ni un fenómeno aislado: fue una decisión política, fue el uso deliberado de la fuerza para impedir que los estudiantes llegaran a la “mañanera”, ese espacio que se presume abierto, plural y democrático para todos.
La represión no solo fue física, también fue simbólica, porque mientras se golpeaba a los jóvenes, se sostenía el relato oficial de que en México hay libertad de expresión, pero ¿qué libertad puede haber cuando se encapsula a quienes quieren hablar? ¿Qué democracia se defiende cuando se impide el acceso al espacio público? La llamada “Ley censura”, aprobada bajo el argumento de combatir la desinformación, ha sido usada para intimidar periodistas, limitar expresiones críticas y controlar el flujo de información. La narrativa oficial insiste en que no hay censura, pero los estudiantes agredidos ayer son prueba viva de lo contrario.
Y si el argumento es la seguridad, conviene mirar los datos. Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE 2025), Puebla ocupa el quinto lugar nacional en incidencia delictiva, con una tasa de 44,203 delitos por cada 100 mil habitantes. El costo promedio del delito por persona afectada en el estado es de $8,531 pesos, el segundo más alto del país. Solo 9.8% de los delitos fueron denunciados, y de ellos, menos de la mitad derivaron en una investigación formal. Además, a nivel nacional, el 78.2% de la población considera inseguro vivir en su estado, y solo 38.8% se siente segura al caminar de noche cerca de su vivienda. ¿Qué seguridad garantiza un gobierno que encapsula estudiantes y reprime manifestaciones pacíficas? ¿A eso le llaman “garantizar la seguridad”?
Lo ocurrido ayer no es un hecho aislado, es un eco del pasado. Es la confirmación de que la represión estudiantil no ha sido erradicada, solo maquillada. Los granaderos no desaparecieron: cambiaron de uniforme, de nombre, de narrativa, pero siguen ahí, obedeciendo órdenes, defendiendo muros, no derechos. Y lo más grave: la represión ya no viene de gobiernos autoritarios del siglo XX, sino de quienes se dicen progresistas, populares y cercanos al pueblo. ¿Qué clase de transformación es esta que calla a los jóvenes y protege al poder? ¿Qué clase de gobierno con el eslogan de “Primero los pobres” que repiten hasta el cansancio, reprimen y someten a los que no están de acuerdo con el régimen que han impuesto se declara progresista y amigo del pueblo? Las pruebas son claras e irrefutables, no es otro mas que este gobierno de cuarta autoproclamada la “Esperanza de México”, aquella que solo busca satisfacer su más codicioso deseo de conservar el poder. Y para aquellos a los que no les ha quedado claro, cuando un gobierno elimina los organismos autónomos como el CONEVAL y el INAI al igual que la centralización del poder Legislativo y Judicial al Ejecutivo, ese gobierno o régimen se plantea quedar un largo tiempo, ya paso con el PRI.
Por ello es importante mostrar el descontento, señalar cuando las cosas no se están realizando de manera correcta y mostrar ese espíritu revolucionario, ya lo menciono alguna vez Salvador Allende: “Ser joven y no ser revolucionario, es una contradicción hasta biológica”. Y déjeme decirles que los jóvenes agrupados en la FNERRR son expertos en no doblegarse ni rendirse ante nadie. Y como lo dijo la compañera Isolda Morán Reyes: “Aquí vamos a estar las veces que sean necesarias, porque la lucha es justa y necesaria”.

