Cada vez los niños duermen menos, se aíslan más y pierden la capacidad de concentrarse y detrás de todo ello hay un claro culpable, es el abuso de las pantallas. Como doctor y como padre, Javier Albares de 51 años, nacido en Albacete, España es un experto en medicina del sueño, no se quedó de brazos cruzados.
Su libro Generación Zombi, llegó a las librerías para concientizar a las familias sobre cómo los móviles o celulares y las tabletas moldean a una generación atrapada en la hiperestimulación, la adicción y la privación crónica del sueño; tiene la convicción de que todavía hay tiempo para devolverles felicidad y descanso y en el libro, el médico planteó retos y soluciones a las familias.
En entrevista con el diario español El País, dijo que los niños y adolescentes caminan por las calles con el móvil totalmente abstraídos por la luz de la pantalla. Estamos criando entre todos a una generación zombi.
Señaló que empezó a investigar cómo educarlos en un uso digital racional y cuando vio las repercusiones en su desarrollo, saltaron las alarmas. Hay opciones para salir de esta rueda de hámster y podamos devolverlos a todos a la vida real.
Todas las generaciones tienen su droga, esta es silente y discreta, lo que la hace más peligrosa porque los efectos pasan desapercibidos durante un largo tiempo; no deja cadáveres visibles y también afecta a los adultos. La adicción que se genera por el uso excesivo de las pantallas modifica una parte del cerebro, se llama sistema de recompensa y provoca la dependencia.
Es el mismo mecanismo que utilizan otro tipo de sustancias como el alcohol y la cocaína. Las resonancias magnéticas cerebrales de personas adictas al mundo digital son muy similares a las que tienen problemas con las drogas, indicó.
Las pantallas son un lastre para el desarrollo infantil a nivel físico e intelectual, a mayor utilización, menor capacidad tiene la corteza prefrontal para controlar el cerebro emocional, hoy vemos niños más agresivos, irritables, con peor salud mental y falta de autoestima, más tristes.
Dijo que si en la infancia y adolescencia no se ha aprendido a reflexionar, a razonar de manera crítica, a mantener la concentración, a esforzarse o a dominar un idioma, después será mucho más difícil. Estas tareas quedan en un segundo plano por culpa de las pantallas. En los primeros años de vida se forman los circuitos cerebrales que permiten desarrollar funciones básicas como el control motor, la manipulación, la socialización y el lenguaje. Es durante la adolescencia cuando maduran y se potencian las habilidades cognitivas, conductuales, relacionales y emocionales.
Explicó que en la década de 1980 el Investigador en Inteligencia James Flynn, analizó la evolución del rendimiento escolar y aumentó tres puntos por década hasta los años ochenta y los noventa, después se estancó y disminuyó. Muchos expertos coinciden en que el abuso de la televisión facilitó ese descenso inicial, pero con Internet y los videojuegos llegó el declive. El rendimiento en matemáticas de un niño de 11 años es el de 1 de 9 en los años 2000. La capacidad de concentración merma.
Señaló que hasta los 6 años un menor no debería ni ver las pantallas pues desde entonces hasta los 12 el uso debe ser de una hora, pero la edad media de posesión del primer smartphone se sitúa en los 11 años, cuando el nivel de neuro desarrollo es muy frágil.
A partir de los 2 años los niños occidentales pasan de media hora a casi 3 horas diarias frente a las pantallas; entre los 8 y los 12 la cifra asciende a casi 5 horas; los estudiantes de secundaria gastan un 40 % del tiempo que están despiertos con dispositivos. Las personas de 18 años tienen el mismo nivel de actividad física que las de 70, lo cual es alarmante.
Los dispositivos interfieren en su descanso, tardan más tiempo en conciliar el sueño, se acuestan más tarde, duermen menos horas, su descanso es de peor calidad, más fraccionado, se despiertan por la noche y tienden a tener más pesadillas y ello repercute al día siguiente en su estado de ánimo, su aprendizaje y su socialización. Las pantallas tienen luz, el principal factor que regula la melatonina, entonces si las utilizan cuando se van a la cama confunden al cerebro, que entiende que no toca dormir.
El celular o móvil enganchan mucho porque las pantallas generan pequeñas descargas de dopamina, que es el neurotransmisor de la recompensa, algo que al cerebro le encanta y es aquí donde entra la guerra de los llamados “likes”.
Los síntomas del síndrome de la pantalla electrónica son la sobrexcitación, la desregulación emocional, la irritabilidad, la falta de paciencia y la impulsividad. Una característica es la merma en la capacidad de aprendizaje. Son niños más solitarios, que les cuesta tener relaciones personales auténticas y mirar a la cara. Un síntoma claro es cuando se acaba el tiempo estipulado de pantalla y surgen las conductas violentas.
Finalmente, Javier Albares indicó que es importante implicar a toda la familia, hacer ver que la disminución de las pantallas nunca es un castigo, sino un acto de amor. Hay que dar alternativas a los menores como la actividad física, juego analógico, tiempo de lectura, parque y presencia familiar. Tienen que descubrir el arte, la música y el dibujo. La actual locura digital es un veneno para los niños, pero tiene antídoto y está en manos de los padres.

