Ana Paola Flores León
Por la ubicación geográfica de Puebla, fenómenos como fuertes lluvias y huracanes tendrán alta presencia en el territorio poblano durante esta temporada de lluvias que comenzó el 15 de mayo, por lo que es necesario prevenir e informar a la población de posibles riesgos y mantener coordinación para ser una entidad preparada, así lo expuso el Gobernador del estado, Alejandro Armenta, al encabezar la mesa de trabajo para la presentación de las acciones de prevención y ejecución para la temporada de lluvias y ciclones 2025.
En la Sierra Norte de Puebla ya se empiezan a sentir con fuerza las lluvias de este año. Como cada temporada, el paisaje se llena de verde, los ríos bajan con más fuerza y el aire huele a tierra mojada. Pero también, como ya sabemos quienes vivimos aquí, vienen con ellas los riesgos de deslaves, inundaciones y caminos bloqueados.
Este año el gobernador Alejandro Armenta avisó que habrá muchas lluvias y ciclones por la ubicación del estado y los municipios de la Sierra Norte están entre los más expuestos. Zonas como Xiutetelco, Zihuateutla, Huehuetla, Tlatlauquitepec, Zacatlán o Chignahuapan, por mencionar algunos, están en alerta porque ya se han identificado como lugares con riesgo alto.
Desde mediados de mayo ya hubo lluvias fuertes que causaron problemas. En Huehuetla se desbordaron arroyos y hubo caída de árboles; en Tlatlauquitepec, caminos rurales quedaron dañados. Aunque por suerte no se han perdido vidas, muchas casas y sembradíos sí resultaron afectados.
En Zihuateutla, algunas familias tuvieron que salir de sus casas porque hay riesgo de deslave en una zona que ya había presentado grietas desde el año pasado. Y en Xicotepec, brigadas de Protección Civil están atentos para limpiar caminos y monitorear los ríos que podrían desbordarse.
No es la primera vez que nos toca enfrentar esto. En 2023, un deslave en Zacapoaxtla dejó casas sepultadas y obligó a muchas familias a reubicarse. Y en 2021, con el huracán Grace, hubo muertes y muchas pérdidas materiales en municipios como Chignahuapan y Huauchinango. Lo peor es que, a pesar de estas experiencias, las soluciones han sido lentas o casi nulas. Hay poca inversión en obras que realmente prevengan desastres, como muros de contención, reforestación o viviendas seguras. Muchos pueblos siguen en las mismas condiciones de hace años, esperando que no llueva demasiado fuerte.
Aunque el gobierno estatal dice que ya tiene ubicadas las zonas de riesgo, lo cierto es que ha sido la organización comunitaria la que ha respondido más rápido: vecinas y vecinos que se avisan entre ellos, brigadas que limpian barrancas o caminos, y voluntarios que ayudan a familias afectadas.
Lo que necesitamos es que las autoridades dejen de esperar a que haya una tragedia para actuar. Que escuchen a las comunidades, inviertan en prevención y tomen en serio el cuidado del territorio.
